Soy hija de militar. Y así es como inicia esta historia. Dicen. A menudo, que el lugar donde naciste es esencial para la formación de tu vida. Son las raíces que adoptas como identidad, la cultura que influye en tu carácter y forma de ser, pero para mí y mis hermanos no fue así; vivimos en tantos lugares que no tenemos una raíz especifica, nosotros adoptamos cachitos de costumbres y pensamientos de todos los estados en los que vivimos.

Cuando la gente sabe que mi papá era militar tienen dos reacciones: una es  de sorpresa y la otra de incertidumbre por saber sí era muy estricto, sin embargo, la vida de nosotros los etiquetados como hijos de militares se ve marcada, sobre todo, por el constante movimiento qu acarrea el trabajo de nuestros padres. Al menos en mi caso, todo esto influyó pues desde que nací me formé con sus valores: adaptación, fraternidad y respeto son los más importantes pilares que me inculcaron.

Hace tiempo una amiga describió perfectamente el sentir de la familia de un militar que constantemente ésta en movimiento y que por eso los hijos nos ganamos apodos como los trotamundos.

A nuestra vida lo definiría como inestable, porque nunca se sabe cuándo debes de empezar de cero. Conocemos todo el país o casi todo, hemos vivido en varios estados de norte a sur, conocido a mucha gente y eso de alguna forma nos ha enseñado a adaptarnos. La vida es un constante cambio y eso lo entendemos bien.

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Cambio de casa / imagen cortesía: cdn.20m.es

“Mi historia” como la de cientos de hijos de militares se ha forjado en este constante movimiento, por eso decidí contarla, porque los múltiples cambios de ciudad de alguna forma me ayudaron a construir mi vida. Si bien no es fácil despedirse de lugares y personas con las que creciste, también te abre la posibilidad de conocer más.

Los que se van y los que llegan:

Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) la migración es el cambio de residencia de una o varias personas de manera temporal o definitiva, generalmente con la intención de mejorar su situación económica así como su desarrollo personal y familiar. Del total de personas que migran internamente en la República Mexicana, la mayoría sale del Distrito Federal, Guerreo y Tabasco.

Las personas que se van del Distrito Federal llegan a vivir al estado de México, Hidalgo y Veracruz, mientras que los estados con menos emigrantes son: Baja California Sur, Quintana Roo y Colima.

La hija del militar

Fue en el mes de mayo cuando nací en Puebla. Desde aquel momento, los cambios de ciudad se aferraron a mí, pues con tan solo 3 o 5 días de nacida me llevaron a Arriaga, Chiapas, y después de un mes a Cintalapa, Chiapas debido a que mi papá había sido asignado al recién creado Batallón 094-bios, u  batallón de operaciones especiales en la selva que estaba en constante movimiento para atender a los heridos en el conflicto zapatista.

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Fotografía del Hospital Regional Militar de Puebla / imagen cortesía: pueblanoticias.com

1994 -el año de mi nacimiento- fue un año agitado en México: el 1 de Enero de ese mismo año se alzó el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) como una organización armada constituida por campesinos pertenecientes a los grupos indígenas: Chamula, Tzeltal, Tojolabal, Chol y Lacandón, que se rebeló en el estado mexicano de Chiapas, a las órdenes de un pequeño grupo militar, liderado por el mestizo subcomandante Marcos, en contra del gobierno de Salinas de Gortari, aprovechando que en esa fecha se producía la incorporación de México al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Con mi corto primer año y medio de vida comencé a ser “trotamundos”, pues ya había estado en Ocosingo, Villa flores, Comitan, San José y San Cristobal de las casa en Chiapas. Aunque no recuerdo nada de eso, lo que me cuenta mi mamá es que de ahí me lleve como experiencia un mal de ojo curado como si hubiese sido un exorcismo, aprendi a hablar y a caminar, para luego mudarnos nuevamente. Esta vez el destino era la Ciudad de México, de esta etapa recuerdo muy poco, pero no olvido a mis escasos amigos y mi primer caída, recuerdos que debía olvidar cuando a mis cuatro años nos cambiaron a Mérida, Yucatán.

Cuando fui yucateca

Mérida se convirtió en mi hogar a pesar de la gente que nos hizo un poco complicada la estadía el primer año. No nos aceptaban del todo por el solo hecho de venir de México. También fue un lugar que nos alejó de mis principales raíces, mi familia materna y paterna, ya que sólo tenía contacto un poco más constante con mis respectivas abuelas y uno que otro tío o primo que nos iba a visitar.

En Mérida forje una infancia llena de aventuras y de amistades que se convirtieron en mi familia. Allí pude establecer una conexión más sólida con las personas y el lugar donde nos había tocado vivir por azares del destino. En seis años yo ya había aprendido el acento local, me había acostumbrado al clima y había adoptado las costumbres de Yucatán que a más de 10 años de haber dejado sigo extrañando.

Recuerdo que un día le hicimos una despedida sorpresa a una amiga que igual era hija de militar, al día siguiente platicando con mi mejor amiga de ese tiempo, en forma de augurio le dije: Al igual que Paulina un día mi familia y yo nos iremos, así es esto de los militares. Unos años después mi profecía se cumplía.

Después de 6 años de crecer aprendiendo la cultura maya nos fuimos, no me dio tiempo de despedirme de mis amigos, ni de mis dos perros. Mi mamá se había enfermado y era hora de partir a San Luis Potosí.

Los recuerdos más valiosos que tengo se formaron en Mérida, una de esas remembranzas es que ya teniendo 2 años de radicar en San Luis Potosí fuimos de vacaciones a Mérida y pasé por por mi ex escuela a visitar a mis amigos. Cuando llegue al salón mi mejor amiga grito ¡Xochi! y segundos después mis compañeros comenzaron a salirse por las ventanas y me abrazaron.

Esas memorias me provocan una gran sonrisa, porque creo que la parte más difícil de ser hija de militar y cambiar tanto de ciudad es dejar atrás las personas que conociste y formaron una valiosa parte de tu vida. Con cada cambio habìa que empezar de nuevo y eso no siempre es fácil.

 En mi vida lo único que no ha cambiado es mi familia y en donde está tu familia es donde esta tu hogar.

En los 7 años que viví en Yucatán mis amigos hijos de militar y yo nos separamos en varias ocaciones (aunque lo bueno es que te los encuentras en cualquier parte de la república) hasta que a mí papá le tocó de destino Veracruz y posteriormente Hermosillo, Sonora.

Mapa de la República Mexicana / imagen cortesía: cdn.thinglink.me

Después de vivir una adolescencia de trotamundos, con sus sueños, sus metas y demás, vino la etapa de estudiar la universidad y elegí periodismo, quizá influenciada por todo lo que había vivido, ya que este constante cambio de estados, ciudades y colegios te premite crecer. Son estas experiencias de vida únicas:  la movilidad es  comunicación y aventura, justo lo contrario de la rutina, estable y previsible, de la mayoría.

Una maestra de la carrera me dijo que yo no sabía hechas raíces y es verdad, constantemente busco el cambio.

Mi papá a veces se lamenta que mi hermano y yo hayamos tenido que vivir moviéndonos tanto ya que según él no somos estables en comparación a otros, aunque tuvios la ventaja de nutrirnos de distintas culturas y haber conocido diferentes personas y paisajes.

He llegado a pensar que es la manera de huir al problema y el recuerdo doloroso de separarnos de Mérida, un lugar donde nuestras vidas estaban hechas. Esta es la condición que asumí por ser hija de militar: irse, huir una vez más, sin importar los vínculos que creé.

Más allá de mi apodo –la trotamundos- el haber vivido en distintos lugares me provocó ciertos problemas: nunca he creado una identidad o apego por algun lugar en especifico y aunque la multiculturalidad en la que crecí me abrió un panorama sobre la vida, no hay alguna situación o razón que me marque o llame a quedarme y echar raíces.

En un concierto acústico de 1980 de Mercedes Sosa en Suiza dijo:

“Uno retorna siempre realmente al lugar donde posiblemente ha sido feliz, donde vio transcurrir la niñez, la adolescencia, donde los sueños parecieran que siguen intactos. Pero el amor es simple dice el poeta y a las cosas simples las devora el tiempo, espero que las cosas no siempre sean así”

Si yo quisiera regresar al lugar que amé y disfrute durante mi infancia y adolescencia tendría que volver a muchos lugares. El trabajo de mi papá militar lo obligaba a mudarse constantemente así que mis momentos intocables sucedieron en distintos estados; regresar sería hacer un viaje eterno.

Por eso en vez de regresar, prefiero seguir recorriendo nuevos recuerdos, por eso mis amigos me dicen que no soy de ningún lado, aunque yo prefiero utilizar el termino  adoptado en Mérida, Yucatán, que dice “yo soy de donde estoy”, porque en donde estoy puedo amar el lugar y aunque todo sea muy simple y el tiempo lo devore todo, mientras estoy ahí, soy feliz.

Y supongo que esa debe ser mi canción pues no soy de aquí, ni soy de allá: