¿Recuerdas aquel Volkswagen 88,  el automóvil naranja que fue nuestro hogar, relativamente, por unos tres años?, respondí que sí al cuestionamiento de mi madre. “Bueno pues de esa etapa quiero que te acuerdes muy bien”, puntualizó con cara de orgullo y ojos cristalinos. En seguida se levantó, sorbió la nariz y me dijo:

“Escribe de eso, quiero saber qué pensabas, qué sentías y quiero saber que recuerdes muy bien de dónde vienes y a dónde vas”.

Volkswagen modelo 88 en venta
Volkswagen 88 / imagen cortesía de autos.mitula.mx

No tengo una foto de nuestro vochito naranja, era muy parecido al de la imagen de arriba. Pues el asiento del copiloto de aquel Volkswagen fue mi cama, el trasero era la estancia de mi hermana. En ese auto -de lujo, debo insistir- pasé la mayoría de mis mañanas esperando a que abrieran las puertas de la primaria de tiempo completo a la que asistía.

En ese vochito nunca faltó una almohada, una cobija y varios botes de agua, leche o cualquier otro líquido. Mi mamá lo consideraba nuestra segunda recamara. Yo simplemente pensaba que era nuestro auto.

Un Volkswagen para la escuela

“Levántense, ya se nos hizo tarde. Recuerden que si salimos retrasados cinco minutos no llegamos y ya no los dejan entrar”. Todas las mañanas escuchaba la misma frase de mi madre, con el mismo tono de voz y me incomodaba tanto que prefería despertar.

Siempre pensé que algo no checaba ahí: ¿Cómo se nos puede hacer tarde cuando entramos a las ocho de la mañana y estamos despiertos desde las seis? Pero si decidía dormir esos cinco minutitos más, mi mamá enfurecía de tal manera que no le importaban los vecinos, la hora y mucho menos nuestros tímpanos, gritaba “levántense chingao”.

Los gritos eran siempre la segunda advertencia, pero, la tercera, bueno… ya saben: la clásica nalgada correctiva para aprender a obedecer órdenes. Dolían hasta el alma, nunca mejor dicho, espantaban el sueño mejor que un café y te ponían tan alerta que en menos de quince minutos ya te habías bañado, vestido y estabas por terminar de lavarte los dientes.

Seis de la mañana con cincuenta minutos.  A tan precisa hora entraba yo a mi segunda recamara, aquella en donde podía dormir una hora más, hacer mi tarea inconclusa de la noche anterior y desayunar; todo en aquel Volkswagen 88.

Un coche multiusos

Sí, desayunar, casi nunca desayunábamos en casa; y para casos prácticos mi mamá, en su afán de darnos una buena alimentación, picaba fruta, preparaba leche con chocolate y los ponía en sus respectivos tuppers para que degustáramos ese mangar.

No fue hasta después de muchos años que me enteré que mi mamá se despertaba mucho más temprano que nosotros para revisar nuestros cuadernos, hacer el desayuno, preparar nuestras maletas y dejar el departamento en condiciones de buena limpieza.

El trayecto de la casa a la escuela era de aproximadamente una hora. Cruzábamos la frontera Estado de México – Ciudad de México. Esa hora era mágica: mi hermana dormía y mi mamá encendía el radio. Recuerdo bien la estación 93.7 con Mariano Osorio. Mi mamá modulaba el volumen de tal manera que podíamos platicar ella y yo.

Una hora de ser su copiloto estrella me permitía verla sonreír, enojarse y admirarla. Era mi conductora favorita. Para mí no había mejor persona en el mundo que ella para manejar el volkswagen de mis amores. Ese vochito nunca nos falló, viví en él mañanas increíbles con mi madre.

Tardes de vocho

Al salir de la escuela mi mamá nos esperaba siempre en la misma esquina, con la misma sonrisa; como si no hubieran pasado más de ocho horas laborales. El verla ahí me causaba tantos sentimientos, pero había uno que predominaba: tranquilidad.

Por otro lado, detrás de ella se encontraba aquel naranja inconfundible, que en vez de reconfortarme, me hastiaba. No porque no quisiera al Volkswagen, de hecho me gustaba mucho; pero tenía algo que no me terminaba de convencer. Pero la verdad es que ese auto estaba #ATodaMadre.

El regreso a casa aún era largo, y no lo digo especialmente por las distancias, sino que no llegábamos directo a casa. Mi hermana iba a gimnasia y yo entrenaba futbol americano. Y sí mi mamá ya tenía las maletas listas, para que el vocho ahora fungiera como vestidor.

Bloqueo Comanches / imagen El Mexiqueño

Mi mamá tenía todo a la mano, agua, calcetas, playera; todo estaba ahí en nuestra segunda casa. Y no lo crean literal. Consideré así al volkswagen porque ahí convivía más con mi familia. Ya que después de todas las actividades nuestro hogar sólo servía para asearnos y dormir.

La verdad es que no sé cómo le hacía mi madre para partirse en dos. Es irreal como pensaba hasta el más mínimo detalle. Todo lo que pudieras imaginar lo tenía en el auto. Y el vocho tenía un compartimento para cada cosa, era tal la organización – o desorganización – que había ahí, que era imposible que yo encontrara algo, todo se lo tenía que pedir a mi mamá.

Ahora, después de casi 15 años entiendo el porqué de todos los esfuerzos de mi mamá.

No le importaba levantarse dos horas antes que nosotros, lo estresante de su trabajo, el cargar maletas, preparar desayunos y demás cosas que aguantaba. Lo que realmente le importaba era vernos felices.

Es por eso que recuerdo con mucha ilusión aquella época, en donde viví con mi familia en un volkswagen 88 que jamás se descompuso. Como jamás se descompuso el semblante de felicidad de mi madre al vernos salir de la escuela o los entrenamientos.

Mi mamá y yo
Mi mamá y yo

Gracias má, me enseñaste que a pesar de cualquier adversidad se puede salir adelante y hacer lo que quieres hacer en el momento que quieras. Por esto y más FELICIDADES MAMÁS