Por la cantidad y la importancia de las bandas que tocan en cada edición, el festival de música Vive Latino se ha consolidado como uno de los mejores que se llevan a cabo en México. Cada año miles de fans se dan cita en el Foro Sol para aclamar a sus bandas favoritas. Hace exactamente una semana fue la decimoséptima edición de dicho festival. Cada Vive Latino representa la oportunidad de vivir una experiencia memorable, sin embargo, hay una en especial que guardaré para siempre como la más épica.

Ese día, diversidad de sentimientos se vieron reflejados con el transcurso de las horas. A las 10 de la mañana, en el ambiente y en el rostro de la gente se percibía emoción, magia, toda la buena vibra. Seguros de su buena suerte, muchos aseguraban que aún quedaban boletos. “Nunca se han acabado los boletos, güey, siempre dejan un stock resguardado para ponerlo en venta el mero día” me dijo Emmanuel, un amigo que me acompañó en memorable ocasión.

Efectivamente, el día D se vendieron todavía más boletos en la taquilla. La gente se formó detrás de quienes llegaron en la madrugada y más gente llegó a formarse todavía. En muy poco tiempo la fila abarcó desde la puerta cinco de ciudad deportiva, que se encuentra sobre Viaducto, hasta la altura del circuito interior Río Churubusco y seguía creciendo.

Las masas y el Vive Latino

La fila avanzó poco y en menos de una hora comenzaron a correr los rumores: “Que ya no hay boletos. Solo quedan para el día de mañana, hoy está agotado”. Pronto, el riachuelo de rumores se convirtió en un río caudaloso. “Ya no hay boletos, ya no hay boletos”. El miedo, la incertidumbre y el nerviosismo afloraron entre la multitud formada. Para el mediodía el rumor se confirmó. “Ya no hay boletos, señores, no vale la pena que sigan formados” repetían policías uniformados y personas con gafetitos y altavoces que avanzaban a lo largo de la fila. Algunos se fueron, desistieron en ese momento o buscaron otras opciones; la gran mayoría hizo caso omiso y permaneció en su lugar, como esperando un milagro. La esperanza muere al último.

Los revendedores empezaron a acaparar la atención, grupos de gente se arremolinaban a su alrededor y preguntaban los precios. Primero 900 pesos, luego mil y así el costo se fue elevando. “Manchado” “¿No le sacas?” “Es una grosería ese precio” se decía en reproche a los comerciantes pero no faltaba quien, con tal de ver a su banda favorita, compraba el boleto. Eso se transformó en una subasta:el revendedor ponía un precio y los compradores incrementaban las ofertas.

“Yo no voy a pagar más de mil varos, estos cabrones se pasan de lanza”, le dije a Emmanuel, quien por momentos se sentía tentado a pagar el precio que ya oscilaba en mil 200 pesos.

Cuando te engañan en la reventa

A las tres de la tarde tocó la primera banda, y de repente aparecieron entradas con costos relativamente bajos: 700-800 pesos. La gente se peleaba por los boletos. El revendedor recibió el dinero de dos o tres personas y después desapareció entre la muchedumbre. Minutos después regresaron los compradores muy encabronados. Los boletos eran falsos.

Festival Vive Latino

En cada edición del festival nunca faltan las personas que vuelan por los aires / Imagen cortesía de Conexiones

El reloj marcó las cuatro. Emmanuel y yo nos resignamos. Ya no entraríamos. Atravesamos la avenida en busca de una cerveza y algo para calmar el estómago. Era sorprendente ver a tanta gente que como nosotros, no había logrado entrar.

El puesto “Las delicias del taco” no se daba abasto para satisfacer el hambre de la multitud, que se veía obligada a buscar otras opciones entre los puestos ambulantes que ese día también pululaban. La demanda de cerveza era tal, que en la tiendita, la farmacia, y hasta en el consultorio médico que se encuentran enfrente de la puerta 5, vendían por montones el preciado líquido por el que la gente se apretujaba.

Resignados, pues

A mitad de la calle había una vieja combi particular estacionada. Traía montadas en el toldo unas grandes bocinas que reproducían a todo volumen las canciones de las bandas que estuvieron en esa y en otras ediciones del Vive Latino. La gente coreaba con nostalgia. Era la fiesta de consolación para todos los que nos quedamos afuera.

“Pues ya ni pedo, aquí también esta chido, además la cerveza y la comida están bien baratas, no que adentro…”, comentaba Ramsés, uno de los tantos que no consiguieron boleto para el concierto.

Pese al buen ambiente, la frustración de no haber conseguido boleto para el concierto nos invadía a muchos. Era doloroso pensar que justo enfrente se estaba llevando a cabo el doceavo festival de música Vive Latino y que ese día, 9 de abril del 2011, CAIFANES se presentaría como banda principal; era su regreso después de 15 años de silencio.

Casi una hora más tarde y ya con unas cervezas corriendo por el torrente sanguíneo, mi ánimo era mucho más relajado, también el de Emmanuel. Compramos unas alitas de pollo adobadas y le hicimos la plática a la vendedora:

Yo siempre vengo a vender y nunca había visto que tanta gente se quedara afuera. Ayer estuvo mucho más tranquilo.

“Es que hoy toca Caifanes “dijo uno de nosotros, no recuerdo quién.

La charla continuó por un rato y en un momento la chica del puesto nos dio el pitazo: “parece que se va armar el portazo ¿Por qué no van a ver? Igual y sí entran”.

Cerraron las puertas del cielo…

Sin perder el tiempo nos acercamos otra vez a la puerta 5, donde había mucha gente reunida. Me percaté que muchos traían su boleto en la mano. Eran personas que no estaban dispuestas a pagar los precios exagerados de adentro y decidieron comer y beber antes de entrar al Vive Latino.

La puerta era resguardada por granaderos y elementos de seguridad pública. Al principio se negaron a abrir pero al ver que entre la multitud había gente que alzaba su boleto y exigía entrar, no tuvieron otro remedio que permitir el acceso con las debidas precauciones. Apenas se abrió la puerta, la gente echó a correr hacia adentro. Se armó la campal. Los que tenían boleto caminaban tranquilos entre el zafarrancho; cuando un policía se apresuraba a detenerlos, bastaba con que alzaran su boleto y continuaban como si nada.

…pero se hizo el milagro

Los demás corríamos despavoridos, con la vista aguzada y mirando a todos lados, esquivando policías. Adrenalina pura corriendo en las venas. Me deshice de las alitas en un segundo para tener las manos libres en caso de tener que usarlas y nos unimos a la manada que corría despavorida. El espectáculo era como el que ocurre en el mar, cuando un cardumen es asediado por predadores y los peces lo único que pueden hacer es permanecer en grupo, el cuál rápidamente se va reduciendo en número. Los que corrían en las orillas eran pescados y sometidos de inmediato por las autoridades.

– ¡Corre güey, corre! – Me gritaba Emmanuel.

– ¡Quedémonos en medio, en medio! – le gritaba yo.

Un policía montado decidió interponerse en el camino con tal de bloquearnos el paso. El grueso de la manada logró flanquear al caballo y solo algunos se vieron forzados a detenerse, aunque un intrépido no se amedrentó por el riesgo de ser aplastado y entonces burló al caballo pasando justo por debajo de su vientre. Otro más corría desesperado con un vaso de cerveza en cada mano. Se veía ridículo con la cerveza regándose a cada trote.

– ¡Déjalas güey, ahí adentro hay más! ¡Te van a agarrar! – le gritó mi amigo.

– No puedo ¡Adentro están bien caras! – respondió el tipo sin dejar de correr. Un segundo después ¡Pum! Lo agarraron. Sus preciadas cervezas se las bebió el suelo.

Burlamos un control más y corrimos por toda la curva donde venden los recuerditos. Al llegar al último puesto de control, el equipo de seguridad se percató de lo que ocurría y comenzó a cerrar las puertas. Aún quedaba una abierta y nos apresuramos para pasar por ahí, ya éramos muy pocos.

Los Caifas y yo

Finalmente atravesé corriendo el umbral de la puerta que representaba el último obstáculo entre los Caifas y yo. No pude parar, ya no podía hacerlo. Detenerme a pensar lo más mínimo era arriesgarme a recibir una golpiza por parte de los policías por atreverme a emprender semejante aventura en el Vive Latino. Ni siquiera podía creer que hubiera llegado hasta ese punto pero ahí estaba y la música, la adrenalina, me incitaban a continuar y así lo hice.

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Miles de fans se dan cita cada año en el Foro Sol para disfrutar de sus bandas favoritas/ Imagen cortesía de México Indie

Ya me sentía disfrutando del concierto cuando me percaté de que Emmanuel no venía conmigo. Miré hacia atrás. Un policía había detenido a mi compañero justo en el umbral que yo había logrado burlar. Mi corazón se detuvo y el tiempo con él, no sabía qué hacer, todo parecía perdido. Pero entonces ocurrió un milagro. Resulta que, por aprehender a mi amigo, el policía olvidó bloquear la puerta de acceso, justo por la cual entró corriendo un tipo robusto que se estrelló de frente contra el uniformado que, aturdido por el golpe, soltó a mi brother que de inmediato aprovechó la oportunidad para escapar. Ya no miramos atrás, seguimos de frente y nos mezclamos entre la multitud de fanáticos.

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Las personas corean a una sola voz las canciones de sus bandas favoritas / Imagen cortesía de El Fanzine.tv

No lo podía creer, temblaba de la emoción; estábamos adentro. En ese momento tocaba La Gusana Ciega sobre el escenario principal. Cuando por fin tocó Caifanes ya era de noche. En cada canción, mi voz se confundía con la de sesenta mil espectadores más y juntas formaban una sola voz. El pasado se volvía presente en una canción. Me ganó la magia y rompí en llanto.

Cortesía de enterateahora.com.mx

Cortesía de enterateahora.com.mx

A la mañana siguiente, en algunos periódicos se mencionó el portazo que hubo durante el concierto. El Universal y La Jornada dijeron que 200 personas habían burlado a los cuerpos de seguridad del Vive Latino y lograron entrar al concierto gratis. Yo, extasiado por la velada, cansado y afónico, solo sonrío.