La explotación laboral en México es tan rutinaria que no se ve. Mientras Europa se hunde en el desempleo, nuestro país puede presumir su ínfima tasa de desocupación. ¿Buena noticia? No tanto, si consideramos la calidad de estos trabajos. Precariedad e informalidad, abuso y maltrato son el pan de cada día para los mexicanos. Las historias de Don Pablo, Irma y Maxi son un antídoto contra la retórica de la superación personal.

 

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Imagen: Quino, Cortesía de Pinterest.

 

Don Pablo: la explotación laboral es para siempre

 

Don Pablo nació en una época en la que ser profesionista era la diferencia entre el mismo destino que los padres y uno mejor. Época que creía en la meritocracia y el valor del trabajo.

El magro ingreso que lograban acumular los padres no fue suficiente para llevarlos a la universidad pero él y sus nueve hermanos y hermanas tienen todos un oficio.

Tiene 68 años y trabaja como taxista entre ocho y diez horas al día, todos los días, sábados y domingos incluidos. No tiene contrato laboral ni prestaciones. Tampoco tendrá una jubilación a pesar de que empezó a laborar a los 12 en un taller mecánico.

Le gusta trabajar pero aunque no le gustara no tendría opción.

 

El peligro de la vejez sin jubilación

 

En México, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) el 20% de las personas mayores subsisten, como Don Pablo, únicamente gracias al trabajo. Su condición socioeconómica en la vejez es el eco de la situación económica y social del país.

 

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La situación de los adultos mayores en México. Ni siquiera uno de cada 4 puede vivir de su pensión.

 

La pobreza acecha pero le gusta pensar que tiene suerte. Podríamos estar de acuerdo con él si consideramos que el 50% de los mexicanos mayores no tienen ningún ingreso y dependen absolutamente de su familia.

Según el informe Seguridad Económica y Pobreza en la Vejez: Tensiones, Expresiones y Desafíos para Políticas de la CEPAL , una de las maneras de luchar contra la pobreza en la vejez es impulsar la actividad económica de los mayores. La CEPAL toma como ejemplo a México:

 

“En México, el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), cuenta con un Programa de capacitación para el Trabajo y Ocupación del Tiempo Libre que incluye actividades de capacitación para que las personas mayores ingresen al mercado laboral y actividades de readiestramiento de los trabajadores jubilados que deseen obtener algún ingreso.”

 

Estas políticas muestran la crisis del Estado benefactor. Hoy, el trabajo en México es una condena y se trabaja hasta ya no poder más. Hasta que es físicamente imposible.

 

Dependientes económicos: los más vulnerables

 

Don Pablo recuerda todos los trabajos de los que ha sido despedido a lo largo de su vida y que hoy resultan en el trabajo que nunca se acaba, en vivir al día.

De personas vulnerables, como Pablo, dependen otras más vulnerables todavía: sus esposas.

“Todo es de palabra, nada está firmado. Tenemos una ayuda por parte de nosotros mismos: cuando fallece una persona le damos a la viuda 400 pesos cada uno de nosotros. Un aproximado de 160 mil pesos.”

¿Cuánto pueden durar 160 mil pesos? Si consideramos que con un salario mínimo diario de 80 pesos con 4 centavos se puede vivir dignamente, la viuda podría subsistir aproximadamente 5 años y medio con esa suma cotidiana.

Irma: la suerte de tener una pensión

Irma Figueroa Guzmán tiene 84 años y pertenece a un grupo privilegiado. Pertenece al 21% de personas mayores que pueden vivir sin trabajar ni depender de su familia.

La historia sería otra si ella no se hubiera casado con un militar.

Ahora es viuda, pero el departamento que compraron al Ejército en la calle Joaquín Mucel Acereto hace más de 40 años sigue siendo suyo. No paga renta y recibe 9 mil pesos mensuales de Banjército desde la muerte del Capitán Primero, hace 10 años.

A pesar de que trabajó 28 años en la Secretaría de Educación Pública, su pensión es de 4 mil 500 pesos mensuales. Le cuesta imaginar qué podría hacer si sólo tuviera esa cantidad de dinero y tuviera que pagar renta.

La “suerte” de una situación digna

Pero Irma, como Don Pablo, piensa que tiene suerte. “No le tengo que pedir nada a nadie.” dice, orgullosa, pero sabe que su buena situación es cuestión de azar. Ella podría pertenecer al 30% de personas mayores que se encuentran en situación de pobreza en nuestro país o al 80% de mujeres de la tercera edad que dependen, según la CEPAL, de la ayuda económica de su familia.

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Yo, Daniel Blake. Película ganadora de la Palma de Oro en 2016. Cuenta la vida de un hombre defraudado por el Estado benefactor inglés.

Una vida de trabajo, durante una época incluso tuvo dos trabajos, que apenas le permitió a Irma obtener una situación mejor que la de su madre, dependiente de sus hijos hasta el día de su muerte, obligada a realizar trabajos mal pagados y rogarle a sus familiares por un poco de dinero.

“Mínimo tengo una pensión.”

Irma acierta, “mínimo” es la palabra adecuada. Un mínimo hoy considerado inalcanzable por las hordas de millenials con empleos precarios, salarios bajos y sometidos a la competencia de un mundo hiperprofesionalizado. La explotación laboral no permite pensar a largo plazo.

Maxi: sin derechos humanos laborales

 

“Lo que caracteriza a la explotación laboral, en cambio, es la carencia de la dignidad del trabajo y la ausencia de un marco de libertad, ya sea porque la persona se ve obligada a realizar ciertas tareas, como sucede en el trabajo forzoso y en la trata, o porque no hay libertad en términos de posibilidad de elección.”

Esto dice el Manual de Educación Obrera para  el Trabajo Decente realizado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) .

La historia de Maxi es un ejemplo de explotación laboral.

Maximina Hernández empezó a trabajar a los 9 años. Su papá la mandaba a la milpa de las seis de la mañana a las cuatro o cinco de la tarde para ayudar a aliviar la difícil situación económica de la familia.

Desde los 10 hasta hoy, con 48 años, ha trabajado como empleada doméstica. A pesar de que en muchos hogares ha sufrido maltrato, ninguna experiencia fue tan mala como la que vivió en Jardines del Pedregal, hace más o menos 3 años.

Trabajo doméstico: la explotación invisible

 

“Me paraba a las siete y trabajaba hasta las 11, 12 de la noche, hasta que terminara todo. Nada más tenía el domingo libre y eso al principio porque ya después no me lo daban. Nada más trabajaba yo, no quiso contratar a otra persona. Yo hacía todo.”

Maxi narra los nueve meses que pasó como trabajadora “de planta” en la enorme casa. No había ningún momento de descanso en su larga jornada laboral. Recuerda que la patrona no la podía ver sentada, les decía que no les pagaba para estar sentadas sino para trabajar y tener su casa limpia.

Si la jornada laboral evoca la explotación laboral, su salario era todavía más indignante: 150 pesos a la semana, un cuarto para dormir y los restos de la comida.

“Era injusto luego no podía ni comer, ni agarrarle nada. Esa vez me acuerdo que un plátano ya todo negrito se me hizo fácil comérmelo. Ella regresó y me dijo que se lo iba a comer el doctor (esposo de la señora). Me dijo ‘ahora que vayas a la tienda, me traes un kilo pero lo compras tú, si no de todas maneras te lo voy a descontar’.”

Maxi explica que la humillación y el bajo salario fueron las razones que la empujaron a renunciar. Ella pensó en denunciar a sus patrones pero no sabía cómo.

No había ninguna prueba de lo que le habían hecho, ningún contrato, ningún papel, ninguna prestación, sólo la explotación escondida en la privacidad de una casa.

El acoso sexual laboral en la privacidad del hogar

Esa no era la primera vez que Maxi se enfrentaba al maltrato laboral. La primera vez que le sucedió tenía 15 años y también sufrió acoso sexual laboral.

“De chiquita, estaba trabajando. Ahí sí no duré nada porque el señor era un mañoso. Yo dormía con las hijas pero ellas estudiaban en la noche y llegaban muy tarde. Entonces me fui a dormir, estaba acostada y sentí que me agarraban mi pierna, era el señor. Le dije a su mamá al día siguiente y no me creyó. Ese día estaba lavando trastes, traía vestido y sentí unos pelitos por mis pies. Él estaba acostado mirándome las piernas. Él ya estaba viejo tenía unos 25, 26 años. Le dije que le iba a decir a su mamá y él me dijo ‘pues dile porque no te cree’. Entonces renuncié.”

Maxi nunca se ha quedado en una casa más de tres años. Los despidos, el maltrato, la invisibilidad hacen del trabajo doméstico uno de los más precarios y vulnerables. La mayoría laboran sin contrato, sin prestaciones, sin garantías ni servicios sociales y con salarios inferiores al mínimo.

La neoliberalización de la economía

Ni Don Pablo, ni Irma, ni Maxi están sindicalizados. No tienen un grupo colectivo que pueda ejercer suficiente presión en la empresa, en el patrón y hacer cambiar las políticas, proteger a los trabajadores.

La trata de personas no es el único mal de nuestra sociedad. A pesar de la apertura de los mercados y la neoliberalización de la economía, las condiciones de trabajo no mejoran. La explotación laboral sigue siendo tristemente común.

El discurso de superación personal es una falacia y cada historia es un antídoto a sus argumentos. En el caso de Maxi, Don Pablo e Irma, a pesar de que empezaron a trabajar en la infancia, sólo una de ellos tiene una indigna pensión. Los otros dos trabajarán, sufrirán la explotación laboral hasta que sea imposible porque los servicios sociales del Estado son insuficientes.

¿Cuál puede ser el futuro de los trabajadores precarios? ¿De los que nunca acumularán suficiente dinero para una jubilación? ¿ De los que no tienen contrato ni seguridad social? 

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La mayoría de los trabajadores mexicanos se encuentran desprotegidos, en la economía informal. Fuente: Cortesía de Aristegui Noticias.

 

A pesar de la división generacional, la precariedad amenaza constantemente en convertirse en pobreza. Los ejemplos sobran y sin importar el progreso prometido, las condiciones laborales y sociales en México empeoran cada día, carcomiendo la casi inexistente clase media y sacrificando a los jóvenes que pensaban que la educación sería el escalón social que les permitiría no vivir como sus padres.

 

Lo que queda: huelgas que dijeron no a la explotación

 

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Dos monjes trabajan la tierra. Imagen: Quino.

Conoce las historias de estas 4 huelgas que marcaron la lucha por el trabajo digno y conquistaron derechos que, todavía hoy, disfrutamos.

El panorama laboral en México puede ser desolador y la explotación laboral una rutina pero la historia demuestra que luchar colectivamente por tus derechos sí sirve.