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Quería titular en plan contundente: Tu madre tiene nombre y no te quiere solo a ti. Pero entre cursi y rudo, debe haber un término medio. Se me olvida, a veces, que no tengo madre sino mare porque así la llamo de siempre y por algo la lengua materna es la única que no se olvida. Pero son ganas de ser chistoso. Y en realidad me voy a poner demasiado serio. Profundo a más no poder.

Tanto rodeo para decir que a me costó un chingo entender que mi madre era también una mujer. Una persona cuya vida no pasa solamente por el cuidado de los vástagos. Es, creo, el primero de los problemas cuando escribimos de nuestras progenitoras: parece que ellas están ahí exclusivamente para apapacharnos. Ya que todo el asunto madre & hijo se basa en nuestro yoyo mejor salirnos del tópico: mi madre se parece a la de cualquiera porque cualquiera tiene madre y como todo rol de género demasiadas cosas son reiterativas y previsibles.

Nombre de la madre Teresa Vilaplana

Mi madre en un reciente viaje

No es que haya un prototipo de madre es que nuestra relación con ellas descansa, casi siempre, en las expectativas, ilusiones, recompensas y emociones que proyectamos en ellas. Es el chiste y el problema. Nombre tuvo la mamá Salinas de Gortari -y, al parecer, fue una mujer excepcional– y nombre tuvo la mamá del maligno Adolf de apellido Hitler. Seguimos atorados en el mismo lugar donde todo empezó: nuestra madre no es un igual. Puede ser tu amiga, a veces, puede ser espectro a menudo, puede ser, casi siempre, un sostén, pero no es tu hermano ni tu mujer y las cosas terribles que se dicen entre pares no las dirás a tu mamá. Una vez, claro está, que pases todas las fases de rebeldía y descubres que no querías matar a tu madre sino amarla sin culpa. Edípica, cuando menos.

Su nombre es Teresa

Y luego llega el momento. Quizás no de igualdad pero si de cierta fraternidad. En mi caso, ese momento se dio cuando yo pasaba de los cuarenta y ella empezaba sus setentas. Justo cuando te das cuenta que nadie es eterno y que el maldito ciclo de la vida no es una horrenda canción del rey León sino la parca que en cualquier recodo nos espera a todos.

Entonces te preguntas: ¿Y quién es mi madre? Sé que se llama Teresa y puedo resumir su vida en forma rápida: fue niña introspectiva de una familia desquiciada -un padre con mentalidad de junior que arruinó el heredado taller de herrería y una madre, amargada por las circunstancias, que nunca prodigó afecto a nadie- cuyos dos hermanos, diferentes en todo (uno, apocado y tranquilo, otro, poeta y soñador), murieron cuando no debían. El primero de un largo y aterrador alzhéimer tras jubilarse de un trabajo aburrido a más no poder y el otro poco antes de cumplir sesenta a causa de una lipotimia fulminante que se llevó a mi tío preferido justo cuando más esperaba disfrutarlo.

Mi madre, en realidad, nunca habló mucho de su vida. Y cuando digo hablar, digo contar sus historias para que yo entendiera con quien lidiaba. Casi nunca hace falta, lo sé, porque basta que tu madre haga de madre para sentir que el mundo tiene sentido pero, con el tiempo, puede que decidas empezar a escuchare sus historias con verdadero interés. No creas que le va a gustar.

El privilegio de toda madre es no tener que dar explicaciones. Para eso están los hijos. Y los maridos, que asumen, a menudo, la misma impronta de la culpa filial. Pero algunas veces observando, anotando o escuchando, lo consigues. Como Eduardo H. G. hizo en El Mexiqueño con su crónica de Todas las muertes de mi madre.

Mi madre, su tiempo, nuestras canciones y los sueños de una década: Raimon, 1974, Palacio de los deportes de Barcelona.

Yo no creo llegar a tanto. Me costó mucho más tiempo comprender a mi madre sin juzgarla de más. Colocar su su nombre en mi historia y compartirla. Teresa Vilaplana Ballester es algo más que mi progenitora. Es la hija de una familia disfuncional que sufrió, de pequeña, abusos que convirtieron su vida posterior en una fuga hacia adelante. Nada que reprochar: procuró ser la mejor y fue la única que hizo carrera y la concluyó -primer lugar en su promoción de magisterio-, luego se casó con un hombre que llegó a admirar y decidió que sería madre. Y en el camino, se enfermó. Porque el pasado te alcanza incluso cuando corres de más.

MI madre y el hijo de su sobrina

Teresa con el hijo de mi prima

Desde que yo tenía once años, un grave problema de espalda la dejó postrada en la cama por varias semanas y tal fue mi impresión que perdí hasta el habla. Digamos que caí en la tartamudez y me tardé varios años en recuperar mi capacidad conversacional. A ella le fue peor: tras aquel primer quebrante, la vida de mi madre giró en torno a los médicos.

Todo un armario de pastillas y remedios ejemplificaba su viacrucis particular. 25 años pasaron en blanco y negro pero un día cuando ya estaba diagnosticada de fibromialgia -o el dolor permanente en cualquier parte del cuerpo- y solo quedaba como opción los parches de morfina, decidió probar lo experimental: las técnicas aprendidas de un homeópata mexicano -el cuestionado doctor Goiz– lo llevaron a un tratamiento de biomagnetismo que no sé si salvó su cuerpo pero si su vida.

Encontró las ganas perdidas y su cuerpo se activó de nuevo. Entre imanes y fisioterapias, volvió a caminar como nunca antes. Y en verdad recuperó el entusiasmo que por años se ocultó en su cuerpo enfermo.

Volver al cien por cien

Yo la vi volver a la vida desde lejos pero cada vez que aterrizaba en Barcelona sentía que mi madre había hecho las paces consigo mismo. Cuando tu infancia es lugar de silencio y tristeza, no basta volcarte en los otros -tu marido o tus hijos- porque la sombra te va a seguir cortejando allá donde creas que no puede encontrarte. La desazón de mi madre -más el daño que yo mismo le infligí- estuvo siempre presente aunque eso nunca fue todo: esa risa, loca y feliz, su humor desenfrenado, se aparecía de golpe para derribar todos los espectros. Lo he visto suficientes veces para saber que su salvaguarda estuvo siempre allí.

Jesús Malló es el nombre de mi padre

Mis padres en 2013

Así que para mí fue un gusto sentirla de vuelta. La vida no fue tan generosa con su espectacular recuperación y en poco tiempo mi padre enfrentó una crisis personal tan terrible que dejó de acompañarla. Se ensimismó en algún lugar lejano donde ya no le afectaran las cosas feas que vivió o el derrumbe de un proyecto sindical que construyó desde los veinte años.

No es que mi madre se quedara sola pero esa segunda oportunidad de reencontrarse consigo misma -cantar en un coro o recuperar las amigas de toda la vida- no duró lo suficiente. Tuvo suerte que Ermengol, mi hermano argentino (catalán convertido en peronista-sanlorencista), volviera un tiempo a su ciudad natal y fuera un apoyo imprescindible en tiempos de turbulencia.

Imagino que mi madre hizo las paces con su pasado pero su presente la consume. Y la melancolía también. Quisiera yo que no fuera así porque siento que en esta última etapa -y ya tiene casi 76 años- nadie merece sufrir de más. Pero siguiendo el cliché, la vida es lo que sucede cuando estás haciendo planes. La desventaja de estar lejos -y verla, con suerte, una vez al año- es la impotencia de saber que poco puedes hacer cuando ella se encierra en su tristeza.

El precio de la distancia es duro y se paga con creces. Desde Barcelona o desde México. Por eso digo que mi madre tiene nombre y vida. Porque si la siento feliz y libre, yo me siento un poco mejor desde mi patria adoptiva.

Al final de tanto cuento, yo solo quería decir que en la lejanía -y sin el arraigo banal del día a día- mi verdadero consuelo es pensar que ella vive en plenitud. Creo que a veces lo consigue, creo que a veces lo intenta y creo que a veces le cuesta. Pero no se deja vencer. Nunca.

Tardé en conocer a mi madre, pero ahora sé que lidió con las mismas sombras que yo. Y ambos llegaremos a Ítaca. Y ese largo viaje que hacemos juntos, nos dejará las debidas heridas pero igual que para mi madre Joan Manuel Serrat existió mientras cantaba en catalán, y yo pienso lo contrario, siento que esta rola extraña y divertida del conejito de terciopelo estará siempre ahí para recordarnos que jamás perdimos la risa.

Porque solo así, en verdad, puede uno volver a Ítaca. Una y otra vez.