Recamareras. El antiguo oficio de limpiar los cuartos de hotel o motel tiene sus riesgos y precariedades laborales. Pero también sus historias. Y es que las recamareras son testigos fieles de la más complicadas de las épicas: la del hombre común, ese sujeto a ras de suelo que se debate diariamente entre los abismos y los cielos de lo cotidiano. Éste es un vistazo a un universo de cuartos, llaves y experiencias de vida y muerte.

De acuerdo con el estudio “El acoso sexual a las trabajadoras del sector turismo“, las recamareras son las víctimas más vulnerables ante el acoso de los clientes en el sector turístico. Por su parte, datos de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social  indican que las recamareras ganan en promedio 85.5 pesos diarios, es decir 2 mil 41.20 pesos al mes. Lo que no nos cuentan los datos duros del oficio son las experiencias de vida.

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Recamareras, testigos de la vida / Foto: YouTube Capilla del Mar

Durante cinco años Carmen trabajó como recamarera en un hotel ubicado cerca del metro Tacubaya, en la Ciudad de México. Ahí presenció cómo dejaron plantada a una mujer el 14 de febrero, “Día del amor”, cómo algunos delincuentes llegaron a vivir, y la muerte de varias personas.

“El Manito” salió en el periódico

Las cuatro recamareras del turno de la tarde —incluida Carmen— lo apodaban “El Manito”. Se llamaba Alfredo y vivió durante más de ocho meses en la habitación 107 del primer piso del hotel.

“Le decíamos así porque siempre que llegaba nos decía: ‘miren manitas, lo que les traje’. Nos regalaba comida: pollo, tacos, tortas o cuando no le iba bien sólo nos llevaba dulces.”

“El Manito” tenía 32 años. A Carmen y sus compañeras les contaba que él era de una familia “con dinero”, pero por su adicción a las drogas lo metieron a un anexo; sin embargo, escapó y se fue a vivir a la calle. Después lo metieron a la cárcel (¿los motivos? Carmen no los sabe), en donde comenzó a realizar figurillas con papel aluminio. Cuando salió se dedicó a venderlos para obtener algo de dinero.

“A las cuatro nos regaló una figura. La mía era un crucifijo. Había ocasiones en las que él nos pedía dinero, y pues cómo no le íbamos a prestar si él nos regalaba muchas cosas. Y sí, nos pagaba uno o dos días después.”

El marido de Adriana —otra de las de las recamareras— trabajaba en el mismo hotel, y cuando ambos se peleaban, ella iba con “El Manito” y él le compraba cervezas. En ese tiempo aún no se instalaban cámaras, por lo que los encargados no se daban cuenta de la situación.

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Hotel Genova / Foto: Flickr, Guy Clinch.

Carmen cuenta que durante dos noches seguidas Alfredo no llegó a dormir. La mañana siguiente el administrador del hotel las llamó:

“Nos enseñó un periódico y nos dijo: ‘miren a su Manito’. Había una noticia de él que decía que se dedicaba a robar cajeros automáticos. Todas nos sorprendimos y entendimos de dónde secaba dinero para comprarnos cosas.”

El gerente les dijo que desocuparan la habitación y llevaran las cosas a la bodega, por si alguien las reclamaba. Pero eso no pasó. Entre las pertenecías de “El Manito” se encontraban unas cinco mudas de ropa, un rollo de papel aluminio y varias figuras sin terminar.

Uno de los métodos para poder robar dinero de los cajeros automáticos consiste en poner papel aluminio en la ranura por donde sale el dinero, obstruyendo su salida. Cuando el cliente va con los encargados del banco a reclamar, el delincuente aprovecha para sacar el papel y, claro, el dinero.

La  abuelita maltratada

Ocurre. Las recamareras tiene empatía con algunos de los residentes del hotel. Sobre todo si ven que son maltratados. Una familia integrada por cuatro personas (la abuela, la hija y dos nietos) llegó a vivir al primer piso del hotel seis meses antes de que Carmen trabajara ahí. La familia estuvo alrededor de dos años en la habitación 123.

“Nosotras sólo oíamos que su nieto, que tenía como 28 años, le gritaba muy feo, pero no podíamos hacer nada.”

Cuando esto llegaba a ocurrir las recamareras avisaban al administrador. Él marcaba a la habitación y les decía que no hicieran ruido, ya que los otros inquilinos se estaban quejando.

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Ancianas / Foto: Flickr, Juan Ramón Martos

“La abuelita tenía alrededor de 80 años. Se veía que  tenía solvencia económica, por la forma en que vestía y las cosas que usaba.”

Carmen cuenta que la familia había huido de su casa porque una de las hijas cometió un fraude y los estaban buscando. Durante el tiempo que vivieron en el hotel, las recamareras escuchaban cómo su nieto, Juan Carlos, le gritaba a la abuela. Y cuando ésta se llegaba a enfermar, él le decía que se parara de la cama y que no estuviera de floja.

“Un día escuchamos que ella gritaba ‘ya no me pegues, ahorita lavo las sábanas’. Nosotras pensamos que a lo mejor se había hecho del baño en su cama. Tocamos su puerta y le dijimos que la dejara en paz y él nos dijo ’viejas chismosas y metiches, no se metan y váyanse a trabajar’”.

En una ocasión la abuelita se enfermó gravemente por lo que fue internada en el hospital. Cuando regresó, a las cuatro recamareras las mandaron a limpiar otros cuartos. Una de sus compañeras les dijo que el administrador les había dado esa orden para que no vieran cuando los enfermeros subían a la señora en una camilla.

“Ella nos decía que cuando muriera nos quería dejar sus cosas, y nosotras, jugando, empezábamos a planear qué se iba a quedar cada quien.”

Dos días después la abuelita falleció.

“Ella era quien pagaba el cuarto y cuando murió, el administrador les dijo a sus familiares que tenían que desocupar la habitación, porque ya se le había acabado el plazo. Después de esto ya no supimos nada de ellos.”

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El amor solitario en los hoteles / Foto: Alan Yee (Cheap Hotel)

Día del amor sin novio, pero con recamareras

Hace unas semanas fue la fecha de los enamorados. Sin duda alguna, en este día los hoteles son uno de los destinos predilectos de los enamorados. Las ganancias fluyen, y para aumentarlas aún más, en algunos hoteles y moteles reduce el tiempo permitido para usar un cuarto.

En el hotel que trabajaba Carmen, la habitación se rentaba de lunes a jueves por 170 pesos durante 24 horas; de viernes a domingo a 180 por 4 horas, y los días festivos a 190 por cuatro horas.

Carmen cuenta una historia sobre ese día: la de Ana, una joven que quería sorprender a su pareja, pero la que finalmente fue sorprendida fue ella.

El hotel estaba lleno ese 14 de febrero. Sólo se permitía estar 4 horas en los cuartos, así se lo explicaron a Ana. Ella lo entendió, pero ese tiempo no le alcanzaría para demostrar su amor a su pareja, por lo que la rentó por ocho horas.

Llevaba todo lo necesario para adornar, pero sola no iba a terminar a tiempo. Así que pidió ayuda a las recamareras. Ellas aceptaron y las flores y velas empezaron a dispersarse por todo el cuarto.

“Traía vino, chocolates, fresas; se veía muy contenta. Y nosotras estábamos más emocionadas por ayudarla.”

Sin embargo, el reloj marcó las seis de la tarde, la hora en la que supuestamente el novio de Ana llegaría, pero él no se apareció. Nunca llegó.

“Nosotras dijimos: sí está feo y todo pero la habitación ya está pagada y no queríamos tirar todo porque se veía bonito. Y las fresas y los chocolates nos los repartimos entre todas.”

La habitación que Ana rentó, y en la que esperó a su novio, era la 107, la misma que había ocupado “El Manito”. El cuarto era testigo de otra historia: mismo lugar, diferentes anécdotas.

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Hoteles de paso / Foto: Hoteles de paso.com.