Llegué a México en noviembre del 2005. No a la capital porque ver una película subvencionada por la Secretaría de Turismo de la CDMX –Man on fire de Tony Scott – me provocó tanto miedo que decidí irme a Guadalajara. No vine porque la crisis arreciera pues aún faltaban tres años para el estallido-hundimiento sino porque quería terminar mi octavo libro lejos del ajetreo de Barcelona, mi ciudad natal.  También estaba cansado.

15 años cubriendo temas de cultura, política e internacional en medios catalanes se me hicieron, al final, redundantes al punto que ya todo me aburría y poco me interesaba la realidad catalana que por varios lustros destripé en libros y artículos que provocaron querellas, debates periodísticos y, lo más común, rechazo y ninguneo. Estaba harto de mi patria chica y siento que la cosa era recíproca.

Mi viaje en México: de Guadalajara a la capital

Pensaba quedarme tres meses en Guadalajara pero una vez terminé y cobré el libro de encargo me quedé un poco más. Tiempo suficiente para vivir el estallido del conflicto electoral del 2006 que fue para mí un momento histórico: gracias al clima de confrontación que se generó aquel verano, volví a interesarme en el periodismo y en la historia.

Viví los acontecimientos primero desde Guadalajara y luego desde el mismo DF y pocos meses después volví a España para retomar mi oficio de periodistas asumiendo la corresponsalía de varios medios ibéricos en México: el periódico Berria (en vasco), el semanario El Siglo de Europa de Madrid y la revista de denuncia El Triangle, aparte de otras colaboraciones con radios y medios diversos.

Asamblea de partidarios de López Obrador en el Zócalo capitalino el verano del 2006
Partidarios de López Obrador en el Zócalo capitalino: verano del 2006 / Imagen: elpedotedefecal.blogspot.mx

De aquella experiencia entre dos orillas nació en 2011 El cártel español. Historia crítica de la reconquista de México y América Latina (1898-2008), fruto de una larga investigación sobre las redes de poder e influencia que empresas y Estado español desarrollaron en América Latina tras la pérdida de Cuba, desembarco que concluyó en México a finales del siglo XX donde el lobby español alcanzó –vía sagas hispano-mexicanas como los Vázquez Raña y contactos políticos de alto nivel- una inaudita capacidad de influencia.

Y entonces me quedé

En 2009 me casé con Claudia. Los vientos del amor cancelaron mis planes de volver a Barcelona y tres años después me naturalicé mexicano con lo cual, y como digo siempre, me pueden matar pero no correr. Mi migración a México fue, por tanto, fruto de la casualidad y no del exilio económico que años después se convirtió en norma.

Sobre los contrastes entre México y España, lo primero que todo español sufre (aparte del mal de Moctezuma o los problemas digestivos del cambio de comida y/o condiciones higiénicas) es el colosal tamaño de las ciudades y en especial la CDMX donde transportarse es un suplicio y una reunión de amigos requiere de complicadas operaciones logísticas para acordar fecha y lugar. El gigantismo sin límites y la compleja movilidad tienen un efecto depresor sobre unos extranjeros que en su tierra no ocupan más de media hora para ir de su barrio al centro (mi caso en Barcelona).

Caos de pasajeros en el metro de la Ciudad de México
La multitud y el metro: estampas mexiqueñas / Imagen: cortesía de mlienio.com

Otro elemento que sorprende es la ominosa presencia de la desigualdad social en todos los aspectos desde la mancha urbana (llena de ciudades perdidas y no lugares como plazas comerciales, avenidas caóticas, tianguis callejeros y otros desórdenes del espacio público) hasta los usos del lenguaje (licenciado vs igualado, fresa vs naco, chido vs chaca) que revelan las taras del clasismo en formas complejas y generalmente rudas que, en un principio, inquietan al recién llegado.

Pero el factor que quizás predomina es la angustia colindante, es decir, la paranoia que genera la inseguridad. Son tantos los efectos, reales y medibles, de este ambiente de temor que la vida social se resiente en todos los aspectos.  Cuando se te olvida contestar el celular, alguien puede pensar que te han secuestrado. Cuando llaman del banco, debes calcular que es un extorsionador que intenta conseguir tus datos. Cuando un tipo sube al pesero a pedir dinero (porque apenas salió de la cárcel y no tiene dinero), todas las caras expresan el miedo a un asalto aunque el sujeto no amenace realmente a nadie.

Otras cosas que observa uno

Vivir en esta nube de terror donde la calle no es para pasear y la sospecha es norma resulta duro para alguien que llega de un país donde en la madrugada cualquiera se sienta en una banca a platicar con amigos sin pensar que algo malo va a suceder. Hablar de la destrucción del tejido social tiene sentido cuando miras a tu alrededor y una de las ciudades más bellas del mundo se convirtió en muros de alambre, barreras precautorias y vigilancia privada para separar y aislar gentes que un día no tuvieron miedo unos de otros.

Aspectos que quedan superados, casi siempre, por el trato amable y considerado de los mexicanos y en especial por la apertura de los defeños. mexiqueños o chilangos que te tratan como uno más y disuelven rápidamente toda sensación de extrañeza. Cabe decir que, excepto puntuales e irrelevantes conatos, no existe xenofobia contra los españoles. La gente distingue bastante bien entre lo que hacen los gobiernos y lo que hacen los migrantes. Si existe, en cambio, un cierto malinchismo que se combina con un odio interno (o un rudo marcaje según el color de la piel, el capital cultural o el dinero que se tenga).

Cosas que perdonan al extranjero no las perdonan al indio, para decirlo en bruto. Esta capacidad de saltar ciertas barreras de clase que pueda tener un español entre ciertos círculos chilangos no significa que la sinceridad esté bien vista. Si dices lo que piensas, igual terminas sin trabajo, sin amigos y sin futuro.

Lo cierto es que si los españoles se quedan en México, y sobre todo en la CDMX, es porque hay trabajo y de alguna forma llegan a acomodarse. No sería justo decir que las coas son fáciles. La crisis estructural y permanente de México, o más de treinta años con crecimiento raquítico, explican que los empleos bien pagados y seguros sean la excepción a la norma pero muchos profesionistas llegados de España encontraron la forma de acomodarse a industrias que finalmente resisten a los vendavales de rigor (publicidad, prensa, educación, diseño gráfico..).

Imagen de Oxfam sobre desigualdad en la Ciudad de México
Desigualdad: ciudad perdida frente a Santa Fe / Imagen: cortesía de Oxfam

Algunos amigos sin estudios universitarios terminaron en un clásico rubro de gallegos, como las mueblerías, no tuvieron suerte y regresaron a Barcelona donde les va mucho mejor. Algunos estudian, becados, el posgrado que España no pudo darles. Algunos agradecen, otros no tanto. Y hay compatriotas que se mueven entre la élite del cártel español, es decir, sucursales de empresas peninsulares en la capital, entre Polanco y Santa Fe, naturalmente. No son mis amigos sino todo lo contrario.

Pese a ello, hay que decir que los cambios en las leyes migratorias están dificultando la contratación de extranjeros y haciendo más difícil la vida de los que llegan, incluso en los aeropuertos. Por primera vez, los españoles sufren en su piel la sensación de acoso legal que tantos latinoamericanos pasan en territorio europeo. Sirva el viacrucis para crear redes de empatía y solidaridad entre gentes que no deberían tratarse con soberbia o paternalismo. Viajar cura los aldeanismos pero cura también el uso y abuso de clichés colonialistas que el español promedio saca del cajón cada vez que habla de asuntos ultramarinos.

Mi ciudad, mi patria

Y porque toca acabar, termino con lo importante: yo diría que este país de contrastes me dio la oportunidad de retomar mi carrera de periodista, ejercver la docencia y graduarme en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García donde en abril del 2016 concluí la Maestría en Periodismo Político.  Y aunque a veces no quiera acordarme, me dio lo más importante: una segunda oportunidad.

Fue en México donde reencontré las ganas de amar y luchar por las cosas que en verdad importan y fue aquí donde me agarré al hilo de Ariadna para escapar del laberinto catalán y del minotauro interior que me perseguía desde joven.

Oriol Malló en una imagen de la revista El Temps de 1994
El pasado nos persigue: Oriol Malló en los noventas / Imagen: captura de pantalla.

Algo que puse en mi Facebook recientemente explica, en lenguaje críptico, ese lugar, simbólico y real, del que me fui hace más de diez años:

Es algo que habitaste, una historia que se disolvió, amigos que se fueron. Se denomina pasado, eso lo sé. Pero cuando encuentras una foto vieja y sientes que no eres tú o ya te hiciste viejo o es que cambiaste demasiado.

Si no fuera por mi bendita familia, incluso dudaría que yo alguna vez fui aquel periodista que quiso reinar en su ciudad natal y terminó en un lugar hermoso y lejano donde dejé de querer ser e igual llegué a ser.

Sé que son cosas muy personales, sin duda, pero igual siento  suficientes para cambiar mi vida. Eso y mucho más se lo debo a un país que hice mío con todas sus consecuencias.  Un país donde el humor, el amor y el horror confluyen en formas extrañas y donde muertos y vivos seguimos platicando a la espera que tras las fosas sin nombres la vida florezca de nuevo.

Este artículo se publicó originalmente en La Jornada de Oriente el 12 de marzo del 2015