Mentiría, si contará que no soy un glotón multimedia, que mi primera foto fue a los diez años con la cámara que era de mi padre. Porque no recuerdo cuál fue mi primera foto, ni a mi padre le interesa la fotografía, es más, creo que jamás tuvo una cámara. A los 18 años pasé de futbolista frustrado a “pacheco” deprimido, lector obstinado y observador efímero.

Pasaba las horas mascullando las frases que me repetían mis padres: “¡Huevón, ponte a trabajar!”; “¡Te dije que no dejarás la escuela!”; “¡A la chingada te vas a ir si no te pones a hacer algo!” sollozaba mi madre cada que me veía llegar borracho. Entre el ocio placentero y agobiante de aquellos días, las letras de Fernando Benitez eran mi refugio, las fotos de Joel Peter WItkin y Mario Giacomelli un sueño, la poesía de José Emilio, Roberto  Bolaño, García Lorca  y Neruda mi latido.

Después, entendí que al igual que la literatura, la fotografía es una forma de atrapar un instante que nunca volverá. Que la fotografía no sirve, solo para ver lo ya visto, sino que es una forma de percibir el mundo e interpretarlo. “Es como tener ojos en los ojos” decía Manuel Álvarez Bravo.

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Y por las noches gemía, 1945.  Por Manuel Álvarez Bravo .

 

La generación del clic

Ciertamente la idea de que la fotografía y la literatura se pueden conjugar no es mía, ni tampoco es original. La idea me la dijo una de esas personas que son como el rastro de un libro que te marca. ”Filo” —así le dicen desde los 16 años— es uno de esos entes que se resisten a la nueva era tecnológica de inmediatez y al avasallador cumulo de fotografías y contenidos multimedia que circulan en internet. “Filo” siempre me lo decía: “Todo lo que intestes retratar ya está retratado, todo lo que quieras escribir ya fue escrito. Es ingenuo pensar que podrás hacer algo nuevo”. Para él, la virtud de un fotógrafo está en su sensibilidad para interpretar lo que está viviendo.

“Todo lo que intestes retratar ya está retratado, todo lo que quieras escribir ya fue escrito. Es ingenuo pensar que podrás hacer algo nuevo”.

En su libro La fotografía: entre sumisión y subversión, el crítico español Joan Costa, escribe sobre dos actitudes a las que se enfrenta un fotógrafo. Por un lado está la sumisión visual, en la que la visión se limita y subordina para llegar a ser únicamente re-productora o re-presentadora de lo que ya hemos visto; por otro la subversión fotográfica, se convierte en el acto de ver y no solo mirar; interpretar y no simplemente copiar.

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La fotografía: entre sumisión y subversión, de Joan Costa

Existen diversos géneros en la fotografía —casi tantos como existen para las letras— aunque estos no estén conceptualizados, ni sean tan reconocidos. En el caso de la fotografía de autor o artística la visión subversiva de la realidad comanda la interpretación del fotógrafo. La creatividad como un viaje sin destino es la dirección de la obra.

la subversión fotográfica, se convierte en el acto de ver y no solo mirar; interpretar y no simplemente copiar.

 

Buffet de bazofia multimedia

Desde aquellos días en que mis frustraciones me permitían pensar en algo qué hacer con la cámara. Me preguntaba ¿Quienes deciden que una foto es buena o no? ¿Desde qué parámetros se puede saber qué haces bien y qué mal? ¿Los cientos de clic que puede tener una foto en las redes sociales o plataformas multimedia la convierten en una buena foto? Por supuesto que no.

Expertos calculan que cada 10 días se producen, a nivel global, más fotografías que las que se hicieron en los primeros 150 años después de que se comercializó el daguerrotipo.  Nos hemos convertido en una sociedad netamente visual. La mayor parte del tiempo la pasamos sumergidos en nuestros dispositivos móviles, produciendo y consumiendo un gran número de imágenes sin ser conscientes de ello.

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La contemplación de una fotografía, pintura, escultura o cualquier tipo de arte visual se ha perdido. Hoy nuestro dedo índice se desliza sobre una pantalla sin siquiera leer ni entender una fotografía. Para el fotógrafo Pedro Meyer “es lamentable la poca o nula cultura visual con la que contamos”. Somos unos consumidores insaciables de información visual, unos glotones en un buffet de bazofia multimedia.

Los analfabetos del futuro

Hace unos meses durante la cobertura de un concierto, observé que mientras todos coreaban las canciones y gritaban sin dejar de mover la cabeza, con alguna de sus manos sostenían el teléfono para filmar aquel desborde de adrenalina. Hemos perdido la esencia de eternizar un instante sin un móvil de por medio. Hoy valoramos más una fotografía que tuiteamos, que el recuerdo penetrante de los momentos que vivimos.

El fotógrafo húngaro Moholy Nagi plantea que los analfabetos del futuro serán aquellos que no sepan leer una imagen. Es decir que los mudos del presente son los que no conciben la importancia de la práctica visual, ya sea al no contemplarla o no producirla.

En la poesía como en la fotografía, nuestro poder radica en la sensibilidad. Todos podemos escribir correctamente, al igual que todos podemos hacer una fotografía técnicamente aceptable, pero no todos podemos desbocar amor sin ser cursis como lo hizo Roberto Bolaño, o eternizar Loreto con una nieve tan blanca como lo retrato Giacomelli y tal vez nadie pueda describir las nubes como José Emilio.  

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Fotografía de Mario Giacomelli

No cualquiera pude atrapar un instante irrepetible para traspasar las barreras físicas del tiempo y el espacio. Con la única intención de hacer sentir, en el que lee un poema o contempla una foto, las pasiones ocultas y atrapadas en el trozo de papel que sostiene en las manos.

 


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