El acoso sexual no es broma. Los ataques hacia las mujeres seas gordita, proporcionada, flaca, alta, de baja estatura, no importa. A ellos eso no les importa sino atentar contra la dignidad, contra nuestra dignidad. Para quienes viajan por obligación en el metro –y no son pocas- todo es complicado. De acuerdo con datos del Sistema de Transporte Colectivo Metro en 2013, de los 21 millones de viajes a diario, el cincuenta por ciento eran hechos por mujeres, y un alto número sufrió acoso sexual ya sea en el vagón, los andenes o las escaleras.

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Ello me obliga a contar el siguiente hecho, despreciable por donde se vea porque lo que pudiera empezar como una palabra sin más, podría alimentar los deseos de un hombre reprimido y a la vez misógino que después pudiera atentar contra la vida de cualquiera de nosotras.

“Por eso luego amanecen muertas, las putas”

“Por eso luego amanecen muertas, las putas” pronunció un hombre de estatura baja y poco cabello. No rebasaba los treinta años. Parecía un hombre educado. Al menos eso denotaba su vestimenta compuesta por una camisa azul claro y pantalón formal negro –eso no quiere decir que las personas de buenos modales vistan así. Aunque su lenguaje decía otra cosa. Sin vergüenza, y teniendo a por lo menos unas ochenta personas a su alrededor, se atrevió a insultar a una mujer que momentos antes había sido agredida por un policía.

El oficial cuya tarea es empujar la reja que limita el paso a los usuarios del metro para que no sigan circulando en su transborde de la línea A, que corre de La Paz a Pantitlán y puedan llegar a la línea 9; había expulsado de su boca la palabra “estúpida”. Así llamó a la mujer que corrió y alcanzó a entrar igual que yo antes de que sus grotescas manos empujarán con fuerza la reja y no dejara pasar a nadie más. Y es que el tiempo que tardan en volver a abrir dicha reja puede ser de solamente cuatro minutos. Pero a las siete, ocho de la mañana un minuto es la peor de las esperas.

acoso sexual en el metro de la CDMX: mujeres separadas

Vagones para mujeres en el CDMX: ¿Solución o rendición? / Imagen: cortesía de elperiodico.com

La señora de licras negras como las que ahora un gran número de mujeres utiliza, segundos antes iba delante de mí. Hablaba por teléfono con la tranquilidad de alguien en el sofá de su casa. Intenté esquivarla, pero entre tanta gente que buscaba el mismo objetivo era casi imposible. Se apresuró y fue entonces que alcanzó a pasar la reja. La mirada del policía era de enojo por la acción apresurada de la mujer que segundos después de mi había pasado. Posteriormente se produjo la agresión: “estúpida” Entonces sí la señora se detuvo y dijo: “espérame tantito”. Giró su cabeza, llevó su mano derecha hacia atrás alejando el teléfono y preguntó al policía: “¿cómo me dijo?” -volvió a insistir- “perdón oficial, ¿cómo me dijo?”. El hombre no contestó nada. Muchos seguían caminando mientras observaban a los dos personajes.

Seguido de su repetida pregunta y ante la ignorancia verbal del policía, cuestionó su nombre. Su placa asomaba dicho nombre, pero desde mi perspectiva no era legible. La escena terminó ahí, la mujer siguió avanzando entre el cúmulo de gente. Y también siguió hablando en su celular. Yo caminé hacia las retacadas escaleras eléctricas que dejan de funcionar por cuestiones de protocolo. Un día anterior había sido activadas, pero la estrategia falló. El número de personas que transbordan a esa hora era interminable y había provocado que los andenes del metro en la línea café -la misma que empieza en la delegación Iztacalco y termina allá por Tacubaya en la Miguel Hidalgo- se saturaran y los gritos de desesperación fueran el de “paren las escaleras, paren las escaleras”.

Todo por llegar temprano, sin acoso sexual

La división entre hombres y mujeres no debería existir en el metro o en cualquier tipo de transporte púbico, lo que debiera existir es un cambio radical de la mentalidad de ambos. Sin acoso sexual. Las mujeres se han vuelto -si no es ya eran así- agresivas hacia los hombres y estos no han hecho más que degradar la forma de conducirse con las féminas.

No es necesario en el metro destinar cuatro -o los que sean- vagones exclusivos a mujeres. ¿No que el hombre ,según la sociología, se caracteriza por el raciocinio? ¿Por qué entonces actúan con la mentalidad de una bestia que no controla sus pulsiones y se atreve a hacer tocamientos a las mujeres o incluso son capaces de eyacular en espacios públicos?. Esto es acoso sexual. Esto habla no solo de una falta de educación y respeto al otro sino también de un olvido de valores éticos que o bien nunca fueron aprendidos o sencillamente algunos no quieren practicar.

separación de hombres y mujeres en el metro de la CDMX para evitar acoso sexual

Solo damas: un barrera al acoso sexual / Imagen: img.uterodemarita.com.s3

Me pregunto si los hombres dejarían que los anduviesen tocando, que una pierna femenina desconocida rozara su pene o una mano pellizcara sus nalgas. ¿Dejarían sin la menor importancia que lo hicieran? Que pasaría si invirtiéramos las cifras que en 2013 la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) arrojó acerca de que diariamente se reciben entre cinco y siete denuncias por abuso sexual a mujeres en el Metro. Aunque claro, a este dato hay que agregarle lo no contabilizado de manera oficial.

Las mujeres han dado cierta aceptación  al acoso sexual al no denunciar. Argumentan que es una pérdida de tiempo. Eso probablemente pensó aquella mujer de mallones negros a la que le dijeron “estúpida” y en lugar de hacer visible la agresión, aunque fuera verbal, no denunció ni siquiera con el jefe de estación. Con esa simpleza arremeten contra ellas. Las atacan. Las hieren. Y ellas en realidad qué tanto pueden hacer frente a una idiosincrasia arraigada en muchos de los hombres.

En relación a la expresión del hombre que hizo segunda al policía aludiendo ““Por eso luego amanecen muertas, las putas” la Comisión Especial para Conocer y Dar Seguimiento Puntual y Exhaustivo a las Acciones que han Emprendido las Autoridades Competentes en Relación a los feminicidios Registrados en México dijo que en lo que va del gobierno de Enrique Peña Nieto se tienen registrados más de 2 mil asesinatos de mujeres por causas de género, es decir, feminicidios.

En 2013, según dicha institución hubo dos mil 502 muertes por homicidio. También se dio a conocer que los territorios con más violencia hacia las mujeres son justamente el Estado de México, lugar del que proviene mucha de la gente que transborda de la línea A a la 9. Otros de los estados también con altos índices de atropellos en contra de las mujeres son Jalisco, Guerrero y desde luego la tan “moderna” y declarada en septiembre del año pasado “Ciudad del Aprendizaje”, la Ciudad de México (CDMX). Ese lugar con -según el señor Miguel Ángel Mancera- respeto y tolerancia hacia los otros.

Cuando se requiere un cambio cultural

La intención es visibilizar el problema de agresiones verbales y acoso sexual, que aún cuando es conocido, no se le da el seguimiento que debiera. De nada nos sirve tener cientos y cientos de hojas que documenten cuántas mujeres han sido agredidas por día, por año, y en el sexenio de qué presidente.

Manifestantes contra el acoso sexual en el metro de la Ciudad de México

Protesta de mujeres en el metro de la CDMX / Imagen: cortesía de posta.com.mx

Lo que hace falta es un cambio en la forma de pensar de las mujeres que educan a los hijos, de los padres que siguen fomentando un machismo porque así crecieron, de los hermanos que ven cómo se comportan sus otros hermanos, de los amigos que cuándo ven que nos insultan o somos víctimas de acoso sexual no son capaces de defendernos, de los desconocidos que tampoco hacen nada. Porque igual que en el metro Pantitlán, nadie dijo nada. Nadie la protegió. De nosotras, todas, que quizá no hemos hecho lo suficiente para cambiar lo que no nos gusta. De todos.

Las separaciones entre vagones solo harán más notable que no sabemos comportarnos como seres humanos con capacidad de raciocinio, que ellos no pueden controlar sus pulsiones y que nosotras, solas o como pareja, tampoco hemos sabido educarlos, que aun con una ley que castigue las agresiones en el metro, éstas se sigan cometiendo. Son tan culpables ellos como nosotras.


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