ATodaMadre-tumblr

De pronto llega 10 de mayo, todos aman a su mamá y lo presumen en Facebook. Por supuesto que yo también la amo, pero el motivo de este texto no será regocijarme con todo el amor que siento por ella, este texto es un reclamo por tantos viernes de sufrimiento y frustración, que, claro está, fueron su culpa.

Siempre le reconfortó mi sufrimiento / El Mexiqueño

Por alguna razón que no quisiera investigar en estos momentos, mi madre y yo siempre discutimos en mi etapa de adolescente: enfermedad que sólo se cura con el tiempo. Nuestros encuentros eran un eterno desafío, su presencia era un ataque constante, y yo tenía que defenderme. Su arma más fuerte siempre fue un grito que al parecer no tiene contraataque:

¡Porque soy tu madre!

La guerra que sostuve con ella durante mi adolescente vida tuvo un episodio con el que fui desarmado y obligado a realizar tareas cual si estuviera en un campo de concentración. Todo esto tenía una explicación, pero yo no quería entenderla.

Cuando cursaba la secundaria, en mi familia pasábamos por una fuerte crisis económica, mi padre se había quedado sin trabajo, y mi mamá había decidido que la mejor idea para poder sobrellevar la crisis era salir a vender quesadillas en la puerta de nuestra casa. El día que se tomó esa decisión fue uno de los peores de mi vida. Todo estalló dentro de mi burbuja llena de barros, mi yo infantil.

En ese momento, yo no aprecié lo que mi madre estaba por hacer, al contrario sentí un fuerte enojo, lo que seguía eran burlas y humillaciones de mis compañeros. Nunca pensó en mí.

Los refrescos…

Todos los viernes religiosamente jugaba futbol con mis amigos de la cuadra. La cancha era la calle de mi casa: a unos metros de donde mi madre había decidido emprender su nuevo negocio. Conforme pasó el tiempo me fui acostumbrando al bochornoso comercio familiar, a lo que jamás me pude acostumbrar fue a poner mi granito de arena, que por supuesto aportaba de muy mala gana: ir por los refrescos.

De ahí en adelante no volví a ser el mismo en aquella cancha de cemento con porterías hechas de piedras y botellas. Siempre jugaba esperando el grito lejano que recordaba que mi vida había dejado de ser la de antes. La mayoría de las veces tenía que interrumpirse el juego –no porque yo fuera muy bueno– pues no se podía continuar con un jugador menos, era una clara desventaja.

A lo lejos ya se veía mi madre con un carrito de metal repleto de botellas de vidrio, su sonrisa  parecía burlarse de mi cuerpo raquítico y sudado, que interrumpía un importante encuentro para cumplir con una tarea que odiaba. Los viernes eran mi infierno particular.

Mi obligación no terminaba yendo a la tienda, tenía que regresar y meter los refrescos en el refrigerador para que los comensales pudieran disfrutar de ese maldito líquido que tantas veces me arruinó los fines de semana.

Las Lulús de vidrio dejaron de gustarme, no he vuelto a tomar una en años, tal vez sea la horrorosa cara de la muñequita plasmada en el envase lo que me ha hecho odiarlas.

¡Las odio Lulús de vidrio!

Propaganda de Lulú / Cortesía de lucovadesign

Mi mamá, la quesadillera

El sufrimiento no radicaba solo en ir a surtir los refrescos. La enmienda más complicada era que mis compañeros de la escuela no se enteraran de lo que sucedía en la puerta de mi casa.

Las secundarias son tan crueles como un Centro de Readaptación Social para Menores, solo que en los colegios los presos salen a las dos de la tarde. Seguramente no moriría de las burlas, pero la vergüenza me dejaría muy herido y solo.

No habría tenido tanto miedo que descubrieran la ocupación de mi mamá si no hubiera escuchado que algunas ofensas para denostar a alguien se vinculaban con el oficio de vender quesadillas:

Pareces pinche quesadillera

Claro que me daba risa, pero en el fondo esas palabras me dolían más que ir por los refrescos. Hoy me arrepiento de haber ocultado el negocio de mi madre, pero en esos tiempos uno es adolescente y pendejo, y solo piensa en encajar. Hoy quisiera encajarles la pala con la que mi mamá volteaba las quesadillas.

Los problemas económicos terminaron, y mi madre decidió que era buena idea seguir con el negocio y así tener una entrada de dinero extra. Hoy ya no voy por los refrescos, y mucho menos me avergüenzo de mi madre, al contrario me siento tan orgulloso como aquel que tiene una madre profesionista.

Y aunque mi mamá siempre buscó todo tipo de negocios: vender barbacoa, bicicletas, una paletería y cualquier cosa que se pudiera vender por catálogo. No hubo nada que me incomodara tanto como las quesadillas: su negocio más próspero. Me tardé, pero aprendí que lo hizo por el amor que nos tiene.

Mi hermana y yo posamos afuera de la paletería de mamá / El Mexiqueño

Hoy nada me enorgullece más que mi mamá sea emprendedora y que su negocio sea tan rentable como siempre lo soñó.

Sentarme a comer un pozole en su local es tan reconfortante como recordar los goles que anoté en las porterías improvisadas en la calle que dejé hace un par de años, pero que guarda tantos recuerdos y la casa de la persona más importante de mi vida: mi mamá.

Má, perdón por ser un adolescente imbécil y odiar tus quesadillas.


Also published on Medium.