Malas traducciones, malas prácticas

El método de actuación, todo actor que se precie de serlo ha escuchado de “El método” de Constantin Stanisalavsky, considerado el padre del método de actuación que se usa actualmente en todo escenario.

Sin embargo esto no es del todo cierto, Él mismo dijo que lo que él pretendía no era crear un método, sino un sistema que ayudara al actor a acercarse a un “estado creador” como él le denominaba. Estado que había notado en los actores más reconocidos de su época. Su observación dio lugar a un  análisis, primero, en sí mismo y después aplicado a sus discípulos.

Si bien, el sistema de Stanislavsky es de lo primero que se les enseña a los actores en formación, hay que entender que este fue creado en torno a su propio país, a las necesidades de su tiempo y a lo que estaba planeando en su imaginario propio.

Por su parte, según David Magarshack, Lee Strasberg, principal difusor de El Método obtuvo sus primeras nociones a partir de las traducciones de la señora Hapgood. La cual no expresa en su totalidad la ideología de Stanislavski como tal. E incluso, gracias a las confusiones se enseña una técnica de “memoria emocional” en lugar de “memoria emotiva”.

El principio del desastre mexicano, la copia del método

Sin embargo lo que los seguidores del Método llevaron a Estados Unidos es funcionó bastante bien.

El problema viene, cuando se reproducen traducciones de las traducciones  estadounidenses y se toman como traducciones fieles de los textos rusos.

Además de que, al pretender hacer teatro como en el norte del continente por seguir pensando que ellos tienen la verdad absoluta de la forma en la que se debe hacer caemos en clichés. Formas que no entendemos del todo asegura Isaac Pérez Calzada y que por tanto, no llega a ser mas que un impresión.

Así, en vez de dar sentido a lo que se hace en escena, nos limitamos a repetir. A recrear medianamente lo que el autor quiso decir. Porque no entendemos el fondo de las situaciones, nos quedamos en la forma. Lo que nos lleva a un teatro mediocre, sin ambiciones más allá de “ser como”, no de superarlo o crear cosas nuevas.

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¿Qué nos queda?

Si bien, nos ha ido medianamente bien gracias al gigante OCESA tras cada gran producción como El fantasma de la Opera, Los Miserables o El Rey León.

Debemos pensar qué podemos hacer para que nuestro país salga de las sombras del arte escénico.

Por qué no, como existe una Amalia Hernández en el caso de la danza tradicional, existen también nombres de dramaturgos mexicanos que rompan por fin el ciclo de imitación y creen verdadero teatro mexicano (más allá de Qué Plantón)

Por qué no ir a los teatros pequeños, a ver cosas hechas aquí, para poder saber dónde estamos por lo menos.

Olga Casaab, escritora y compositora lo dice bastante bien: “Abramos as puertas al teatro mexicano, abrámonos a nuestros hermanos para poder crear un teatro nuestro”.

En todo caso, ¿Qué podemos esperar de algo que no hemos visto ni siquiera nacer?