Cuando era chiquita, de unos siete, ocho, nueve años… la voz de mi madre era esta:

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Norma, estate quieta. Norma deja de pegar a tus hermanos. Norma no les escondas las calcetas a las niñas -mis otras hermanas-. Norma, ¿te ayudo en tu tarea? (siempre me sentí independiente, sentía que no necesitaba ayuda (ja, ja, ja según yo); lo que hoy daría porque me ayudara. Norma te voy a pegar si no te estás en paz. Norma no seas grosera, Norma…, Norma… 

Madre da una nalgada a su hija

A veces unas nalgadas son necesarias/ imagen: cortesía de dracaroline.com

Mi nombre era uno de los más repetidos en mi casa y no porque fuera yo más importante. ¡No! Era porque no dejaba de dar lata todo el tiempo. No había un solo minuto que no estuviese haciendo algo. Casi siempre travesuras. Era bastante inquieta. Pobre de mi madre que tuvo que soportarme muchos años y me sigue soportando porque regrese hace poco, a vivir de nuevo en su casa.

Había ocasiones en que le reclamaba porque no colocaba tal cosa en tal lugar. O por qué había plantado un árbol en medio del patio. Sí señores, plantó un árbol a mitad del bonito patio. Su contestación como la de muchos otros reclamos fue:

Cuando tengas tu casa, haces lo que a ti te parezca mejor.

Como yo andaba queriendo largarme del hogar porque quería sentir esa independencia que los jóvenes anhelamos en la etapa de adolescentes, con esa contestación calló mi bocota. No me dio lugar a decir más.

Al final tenía razón. Las madres siempre tendrán la razón. Aunque eso lo entiende uno cuando se enferman gravemente o cuando ya no las tiene uno. Yo aún tengo a la mía (¿es curioso no? como es lo único que podemos sentir nuestro, muy, muy nuestro, y nada puede quitarnos su cariño).

Es una señora delgada. Fue muy bonita de joven. Lástima que yo no me parezca a ella. Es de tez blanca, de grandes senos, de estatura baja, tiene unas cejas que, en serio, brillan por alguna razón, no me pregunten por qué. Tiene el cabello largo a la cintura. No puedo entender de dónde ha sacado tanta paciencia para tolerar a sus ocho hijos. Sí. Tuvo ocho hijos. Es una mamá a la antigüita. Nos cocina todos los días. En mi casa por más de veinte años nunca hubo refrigerador. Todos y cada uno de los benditos siete días de la semana. De sábado a sábado, iba por comida al mercado para cocinar fresco. Eso se agradece.

Yo no supe de comida enlatada y refrigerada hasta que me fui de casa. Entonces sí, venga a nosotros tu reino de las galletas, el medio kilo de jamón, las lechitas que te ahorran hasta el servirte en un vaso. Solo aguanté así unos meses, después, como una escuincla, ya estaba extrañando a mamá. Cuando algún fin de semana llegaba a visitarla, ahí estaban por lo menos un par de cacerolas con distintos guisados. Sentía que era la gloria. Lloraba de felicidad. Era lo mejor. La comida de mi mami siempre ha sido lo mejor.

Después de un golpe, un abrazo de mi madre

Ante tanta lata que daba yo, desde luego los golpes no esperaron. No me da pena decir que me pegaban, a los niños de antes ¡nos pegaban escuincles nuevos! Y sí, unas nalgadas o un cinturonazo, sirven de algo. Sirven para que entiendas que no siempre se hará lo que uno dice no más porque sí.

Bueno… pues mamá después de que no le obedecía, ni lavaba los trastes, escondía las calcetas de mis hermanas debajo de la cama, y montón de cosas más.

-Calcetas que utilizarían por la mañana para la escuela ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja no paró de reírme, siempre ha habido algo de maldad en mí.

La chinga era segura. Una vez, creo que ya no resistió más y me aventó un tabique. Sí, un tabique. Me reí como loca porque no me alcanzó.

-Pienso que ella sabía que no me alcanzaría… o eso creo.

Pero después de uno pocos minutos, me correteó por toda la casa.

Y es que los cuartos estaban acomodados de forma tal que podías correr en círculos y escabullirte.

-Pero te he de agarrar, chamaca cabroncita…

Huye de tu madre cuando quiera pegarte.

Mejor que huyas o te toca un chanclazo /imagen: cortesía de: google.com.mx

 

Y sí, que me agarra. Me puso una santa cinturoniza que creo fue de las últimas veces que escondí las calcetas. Pero no deje el resabio –o la maña- de andar pellizcando las carnes de sus pancitas. Ja, ja, ja, ja, ja, ja. Lo sigo haciendo.

Después de la friega que me puso; pasadas unas horas recuerdo que me abrazó con sus enormes manos y me dijo: yo no te quiero pegar mija, pero es que tú no entiendes. Mamá no es de esas que abrazan mucho así que ha sido el mejor de sus abrazos.

Ahora todo ha cambiado. Me ha costado mucho aplacarme. No hay fecha, pero ya casi lo logré. Hoy mi madre ya no nos pega. Ni nos grita. Y ahora, igual que años atrás, ella se vuelca hacia nosotros. Actualmente, nosotros, mis hermanos y yo, le enseñamos cómo escribir las palabras, cómo repartir un pastel y hacer fracciones, cómo sacar un tanto por ciento, cómo entender los textos que aunque parezcan fáciles le cuesta un poco razonarlos. Los papeles se han invertido y algo me dice que ahora toca tener toda la paciencia que tuvo conmigo y que puede ser el mejor regalo para ella. Ya terminó la primaria y la veo muy emocionada cursando la secundaria a sus 54 años.

Francamente, no puedo más que decir que hoy disfruto mucho a mi madre, debe ser que me he vuelto consiente de que un día pueda ya no tenerla. Solo pensarlo, mi mente huye de sí misma.

Abrazó enormemente a todas las mamis que me leen. Sean felices y gracias por sobrellevar nuestros berrinches. ¡Gracias, TOTALES!

Orquídeas lilas y moradas para mami

Orquídeas lilas para mamá /imagen: cortesía de encrypted-tbn3.gstatic.com

 

 

 

 


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