Manicura, boquita pintada y voz fina. Esta es la esencia de mi madre, aunque mi mejor amigo dice que saqué lo cotorra de ella. Él se refiere a ese buen humor que tiene para divertirse con la gente, hacer bromas un poco irónicas, o en realidad simplemente ser ella al decir con una ingenuidad las cosas, que hasta hacen gracia. Como el día en que me estaba quejando de que “yo ya no tenía bubis” y desde el otro lado de la mesa, sin despegar la mirada de su periódico y su café, susurró al estilo de la mismísima Miranda Priestly “quizá es porque nunca has tenido” …. Jajaja

Otra de sus curiosidades fue cuando le preguntamos sus tres hijos reunidos:

¿Mamá si fueras pobre qué harías para salir adelante?

“Pues desnudarme”

…. Y con cara de perplejos siguió contándonos:

“Pues sí, si soy stripper sólo me desnudaría y no tendría que meterme con ningún viejo….” 

 ¡Ok!?

Así nos dejó callados nuestra madre de porte, voz fina, manicura y boquita pintada. La muy dama, muy reina, en su trono: un taburete del que no se deshace por sus más de 20 años de amistad y que se encuentra en el mismo rincón desde nuestra niñez.

Nunca saldrás sin la boquita pintada

Mi madre es muy femenina. Procura estar siempre bien arreglada. De hecho, desde tiempos ancestrales a mi abuela, tenemos una herencia: las mujeres de la familia procuramos siempre llevar la boca pintada de rojo. Recuerdo cuando me cedió este pintoresco decreto del cual casi todas las mujeres de la generación hemos vivido: “Podrás ir sin maquillar y en fachas, pero con un poco de lipstick haces toda la diferencia” En realidad nunca sale sin su boquita pintada, aún sea a la esquina.  Tanto así camina mi mamá gallina, que hasta el pollero la ha denominado La señora más guapa de la colonia.

Tres generaciones de boquitas pintadas.

Tres generaciones de boquitas pintadas desde antes de 1940.

Me gustaría pensar que no he heredado sólo la gracia de mi madre. También su fuerza, su valentía y resiliencia.

Recuerdo que cuando tenía apenas 8 años, mi padre se fue por trabajo a Chiapas. Alrededor de muchos años de mi vida los vivimos sin su presencia, y sólo lo veíamos en vacaciones. En esta etapa ella se dedicó  a ser madre tiempo completo, y vaya que fue una chinga criar a 5 hijos:  dos como si fueran propios, tres embarazos, rutinas extenuantes desde levantarse cansada y cocinar para todos sin ayuda, lavar, planchar, llevarnos a clase y recogernos.

Dormirse tarde y dormir poco, desde tener aprehensiones por nuestras salidas, hasta la paciencia para tratar con sus hijos malhumorados y de hormonas locas en la adolescencia. E incluso después de todo ese ajetreo al que se sobrepuso,  después de tantos años, tuvo que volver a conocer a mi padre en la jubilación, después de haberse vuelto una mujer independiente con tantos años de matriarca.

Yo he visto cambiar a mi madre

Cuando lo pienso bien, veo que a través del tiempo se ha convertido en una versión nueva y más libre de ella misma. Desde dejar prejuicios pueblerinos, hablar de unión libre, orientaciones sexuales sin repudio ni timidez, y marchas feministas “porque es nuestro derecho”

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Puesta de sol en Puerto Peñasco, Sonora / Imagen: cortesía de Flickr de Ken Bosma

Mi madre nació en Puerto Peñasco Sonora, un pequeño pueblo camaronero, hija de un inmigrante italiano y una mujer de ascendencia apache. De ese matrimonio crecieron mi madre Irma y mi tía Norma. Si pones atención la historia se repite en cierto modo: Quedó muy joven huérfana de padre, y se rigió en la casa con la templanza de mi abuela india quien casi nunca contaba su pasado, y que fue una de las pocas divorciadas del pueblo en plenos años 50, rigió sola en su hogar y en la calle sin ayuda de un hombre “porque para qué complicarse de nuevo la vida con uno”.  Los únicos recuerdos que compartía mi abuela eran de su niñez durante la revolución.

En las noches nos contaba cuentos sobre los chaneques a los que les dejábamos semillas por las tardes, también recuerdo lo mucho que le gustaba ir a misa y si de algo pecaba muy a gusto era de irse en los veranos al otro lado con unos compadres a gastarse una buena suma de dinero en los tragamonedas de Las Vegas. Esa era mi abuela. A la que tampoco conocí más allá de los trece años.

Mi abuela ayudó con muchos esfuerzos a mi madre para que estudiara odontología en Guadalajara. Carrera que ejerció varios años hasta casarse con mi padre, un oficial naval, y dedicarse por completo al hogar y a viajar por la República mexicana. Sé que sus tiempos en Guadalajara fueron una de sus mejores épocas por la forma en que me cuenta sus recuerdos, y por los buenos amigos que han forjado su amistad a través del tiempo.

Otra Oportunidad

Hace aproximadamente dos años mi madre enfermó de cáncer. Recuerdo muy bien aquella mañana en que al encontrármela en el baño noté una leve calvicie en sus cabellos rojos. Aunque me sacó de onda no dije nada, no fuera yo a confundirme u ofenderla. Pero al regresar a casa lo supe de inmediato. Estaba en muy mal estado al lado de mi padre en su cama. Rapada y con una mascada en su cabecita. Fue inevitable que ambas no lloráramos al entender la realidad.

A partir de ese día, todas las mañanas, sin quejarse, se levantaba a las 5 a.m. para estar a las 6 en quimioterapia, un tratamiento que por lo menos la drenaba hasta la hora de la comida todos los días. Y no la escuché quejarse ni una sola vez a pesar de las náuseas, la falta de apetito, el ardor que le producía en todo el cuerpo y el cansancio con el que regresaba. En realidad, no sé cómo aguantó tanto.

Mi madre tiene una nueva vida. Recientemente le hicieron una histerectomía -Ya sabes, para prevenir- y si hay algo que tengo claro es que mientras más crezco más la admiro.

Y es que en realidad mamá, me gustaría saber que hice lo posible para que te sintieras cómoda. Cómo el día en que con timidez me pediste que te comprara un turbante, o cuando te llevaba flores, o simplemente te dejaba descansar, o cómo la vez que con ánimo cansado pero con cierto anhelo me pediste que te arreglara la peluca para ir a ver a tus amigas después de terminar tu tratamiento. Eso sí, siempre con la boquita pintada.

Nunca voy a estar a la altura de todo lo que mi madre ha hecho por mí: desde embarazarse de mí después de varios tratamientos de fertilidad a soportar mis llantos, mis desvelos y mis travesuras. O incluso ahora aceptar mis preferencias, mis modos y mis arranques de humor. Me ha apoyado en todas las decisiones de mi vida: cambiar de carrera, depresiones, crisis de identidad, y las típicas bajas después de una mala decisión. Rodillas peladas, hasta huesos rotos y uno que otro madrazo por andar a las prisas. Gritos y reclamos. Pero ahora que he crecido, respeto mucho a mi madre, porque entiendo todo lo que ha sacrificado y soportado.

En verdad lo que quiero es tu felicidad, que te liberes de esa traba de ser una mujer fuerte todo el tiempo, para convertirte en una persona plena, feliz, pelada y risueña.

Por esta breve historia que se leerás pronto, en donde no puedo sólo más que elogiar toda la fuerza con la que has dirigido tu vida, y mis pasos. Gracias por todo mamá y que este relato sea un pequeño regalo para inmortalizarte.

Te amo mamá. Con tu boquita pintada.


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