En el rojo atardecer, la milpa de maíz brilla con galanura castaña. Se acerca la temporada de cosecha y el viento galopa acompañado de frío. Las vacas y sus becerritos ya duermen bajo el techo del establo. La producción del rancho se va a receso nocturno, la negrura que se encamina predica descanso. Por las ventanas de la casa se asoma una lluvia de fotones que alumbran el nogal que se encuentra justo en la entrada. Entre esas paredes se escucha el rezo del rosario que antecede la visita al mundo onírico. Ahí vive una familia que enarbola el esfuerzo diario del trabajo, honra a la tierra y voltea hacia al cielo para predecir buenos tiempos.

Ella

Familia integrada por 3 mujeres y 5 hombres. Cada uno en su esencia siendo un personaje y con un carácter único que los ha llevado a descubrir su propio destino. Y entre esa variopinta diversidad, el alma peculiar de la penúltima hija se perfila ante la vida.

El camino rojo que invocaría sobre mi.
Mi madre —la de las gafas oscuras—, sus hermanos y sobrinitos.

Una delgada figura delinea su cuerpo, ojos grandes y de un café intenso, el cabello café oscuro, ondulado y abundante le otorgan su belleza femenina. Con nulo afecto al uso del maquillaje, su sonrisa cautivadora y delicada personalidad dejan en vela una voz que invoca mando, respeto y coraje.

Educada en un lecho católico, adquirido tanto en la escuela como en casa, las formas conservadoras de dirigir la vida la llevan a ver por sus propias oportunidades. Al término de la secundaria no existía preparatoria todavía en el pueblo, lo que la orilla a estudiar la carrera técnica de comercio, la cual le ofrecía conocimientos de contabilidad privada, con lo que pudo conseguir empleo en el banco principal del municipio, a pesar del nulo apoyo de su padre para poder seguir estudiando la carrera universitaria. Razones varias; la principal, tener que irse del hogar para estudiar.

Con su tenaz esfuerzo y dedicación, llega a ser cajera del banco y puede ahorrar algunos centavos los cuales destinaría a posteriori en su continua educación. A los 20 años ingresa a la preparatoria por sus propios medios y ya sabía que su vida daría varios giros inesperados.

Mi madre con su madre.
Mi madre con su madre.

La unión con el otro

Finalizando los estudios en la preparatoria, a los 25 años y ya con ocho años de noviazgo, decide contraer matrimonio con aquel enamorado que conoció entre notas musicales y fiesta, en un baile organizado por alguna asociación cultural del querido pueblo. Su esposo también es oriundo del mismo lugar y es un exitoso médico cirujano que ejerce su profesión en una localidad próxima, no tan lejana, a tan solo a 20 kilómetros de distancia.

Como es sabido y la costumbre lo designa de esa manera, su domicilio se transporta a esta localidad para comenzar una nueva etapa de vida. Anhelada y soñada, su unión con el otro se ve consumada. La antesala a la maternidad se mantiene en receso. Su vida en pareja es viva y cálida con festejos, viajes e inversiones. Son felices en conjunto y se ven complacidos con su compañía. Dedican su tiempo a conocerse, estudiarse, relacionarse, entenderse y sobre todo comprenderse.

A través de los años su compañía y su relación se afianzan pero su reloj biológico los alerta. Han pasado seis años y es momento de pensar en darle vida a alguien. Situación que arroja nuevas perspectivas, cambios que deben darse a todos los niveles. Desde físicos y mentales, hasta el nuevo domicilio que deben replantear. La tierra que los vio nacer es la preferida para empezar.

No puedes tener hijos

Todo está listo pero se percatan que no pueden tener hijos. Prueban con todo lo natural y nada. Los resultados son nulos. Desde diferentes posiciones sexuales hasta tiempos perfectos de ovulación y nada. Se preocupan y piden ayuda profesional. Su andanza médica es extensa hasta que su llegada a una clínica de Polanco, les otorga una solución. La pareja es candidata a un tratamiento de fertilidad que culminará con la inseminación artificial. Hace 24 años este tipo de tratamientos apenas comenzaban su sólida carrera en el país.

Se realizan varias operaciones y se llevan a cabo varias investigaciones. Los estudios son extensos y deben llevarse con rigurosidad absoluta. Uno de los más dolorosos radicó en el empleo de gas para utilizarlo como medio de contraste al interior del útero.

Sentí demasiado dolor con ese estudio, todo el día me estuvo doliendo el cuerpo completo pero sobre todo los hombros. Era como si me estuvieran colgando del techo, como si me jalaran hacia el cielo. La única explicación era que el gas tiende a subir, tiende ir hacia arriba.

Su decisión única y convencida de querer tener hijos, seguía en pie. El apoyo de pareja era fundamental y parte importante del tratamiento. Con dos años de extensa labor y de viajes constantes a la capital del país, el sueño de la maternidad se ve consumado. Debido a la inseminación artificial se logra el embarazo, en este caso dos óvulos fueron los afortunados y comienza la gestación de una parejita de hermanos.

Se ha mencionado que el tratamiento fue eficaz y es constatado porque yo soy la prueba fehaciente de que se pudo lograr. Mi madre pudo embarazarse con este método tres veces, de las cuales dos sólo fueron eficientes. Al momento de mi nacimiento estuve acompañado de una mujercita. Ella y yo fuimos esos dos óvulos afortunados que pudieron lograr su cometido, pero tras un embarazo con muchas complicaciones y después de un mes de haber nacido —por cierto, fuimos seismesinos—, mi hermana falleció. Lupita, ahora descansa en su tumba en aquel monte del Calvario, y su vista apunta a nuestro departamento de creación intelectual y musical. Nos encontraremos en algún punto, hermana. Las muertes de mi madre no se detuvieron ahí y siguieron su camino en el segundo embarazo. Ya en el tercero y el más complicado de la terna, los cuidados y el reposo fueron inmensos, lo que propiciaron un resultado efectivo, y prueba de ello está en la vida de mi hermano menor, Marco Antonio.

Al rojo vivo

The Fire por Into the Frisson
The fire por Into the Frisson. Cortesía: Devianart

Con la tenacidad, convicción y coraje con la que ha dirigido su personalidad, forjó la mía. Yo fui un hijo que desde mi nacimiento tuve muchas complicaciones de salud. La enfermedad cobijó todo el sendero de mi vida. Desde el primer año se notó que lo rojo imperaría en mi forma de ser. Pequeños brotes de color rojo ya se asomaban en mi piel y desaparecían con el mínimo tiempo. Pero no fue hasta en quinto de primaria cuando la invasión de este color rojo se quedaría en mí para siempre.

La dermatitis atópica, enfermedad que te prueba al límite y te hace llegar a introspecciones tan ocultas, se apoderó de mí. Yo cursaba sexto de primaria cuando todo mi cuerpo ya se encontraba al rojo vivo. La piel se estremece en calor y ardor, se abre para dar paso al malestar histamínico y consumir tu día a día. No sabes cuándo vendrá la calma ni cuándo podrás disfrutar de una leve caricia. Tu mente se nubla y el cautiverio se alista como tu mejor opción.

Eres chico y no sabes muchas cosas, piensas que nunca las sabrás. Entras a la pubertad y tu persona no cabe en ningún lugar. Ahora me percato que la familia, y sobre todo mi madre, nunca se rindió y todo el tiempo estuvo al cuidado de mi malestar emocional, mental y espiritual. Ella con su amor y calidez le dio más color a lo rojo de mi vida, le dio armas a mi decisión de ser quien soy hoy en día. Su amor maternal lo transformó en una armadura de rectitud y trato igualitario. No se dejó llevar por la impotencia que sentía al saber que nada me podía curar. Su anhelo era poder encontrar alguna solución que le diera calma a su vida, a nuestras vidas, a la familia.

“Tenía que curarte como fuera, nunca me di por vencida. Yo te traté como a tu hermano porque tú nunca querías salir. A lo mejor y pensabas que era una cabezona pero si no hubiera sido por eso, hoy no estarías donde estás”.

Las noches siempre fueron pesadillas, se necesitaba de un esfuerzo hercúleo para poder conciliar el sueño. Las sábanas se pegaban a tus piernas, por las heridas que tenías. La piel se te desmoronaba a cada estrella que se asomaba en la bóveda celeste. No veías fin, y tus insultos a lo divino se levantaban con efervescencia hacia la nada. Del otro lado de la pared, tu madre y su instinto de vigilancia maternal, se percataba de lo ocurrido. Ella tampoco podía dormir. Al igual que tú se pasaba la noche en vela, ella imploraba por tu bien. Pedía calma y paciencia. Soñaba con el control de tu locura, de tu vida, de tu rojo vivo.

“Me desesperaba que tuvieras eso, porque te rascabas y no te dormías. Nada de lo que te hacían te curaba. Te rascabas y se activaba mi sentido maternal, siempre estaba vigilándote porque nunca podías dormir”.

El apoyo incondicional de mi padre y su comprensión como médico la ayudó para apuntalar esos pilares de confianza que pudo transmitirme con el tiempo. Estudios de filosofía sobre la vida, como la libertad y la fraternidad, la acompañaron en sus tardes de despeje y de reflexión personal. Su creencia le pedía al Señor del Huerto, a la Virgen de Guadalupe y a Dios mismo, una solución.

En el transcurso de doce años y una incansable búsqueda de soluciones médicas —en total ocho doctores y una psicóloga—, por fin se encontró el control que necesitaba mi piel. Desde intensos corticoides, chochitos con alcohol, agua cargada con energía, hasta inyecciones dos veces por semana, se materializó algo que alumbraría nuestras capacidad de resiliencia y paciencia. Los factores de transferencia, cambiaron mi vida. Ahora los tomo cada fin de semana y me dan la tranquilidad que mi cuerpo necesita. Disminuyen las erupciones y malestares generales, me dejan ser y me convierten en alguien visible.

Lo rojo de mi piel se percibe muy tenuemente y hay personas que lo confunden con quemaduras o exposición al sol. Pero muy adentro de mí, el color rojo está a todo lo que arde. Su simbolismo con el fuego y la energía, me arropan para luchar todos los días. Me enaltece el rojo en proporciones mastodónticas y me da coraje para poder cumplir con todos mis sueños y metas.

En mi sangre corre el color de mi vida y esa vida me la dio mi madre. Lo rojo de mi ser, lo forjó mi madre.

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