Pareciera que a mis 24 años hablo como si fuera una abuela y es que no tengo idea hace cuánto se empezó a utilizar en el lenguaje coloquial el término crush. En mi noventera infancia se le llamaba de otro modo: amor platónico o amor imposible. El punto es que Roberto, mejor conocido como Lobo, fue mi noviecito por varios años. Sin que él lo supiera, obvio. Era siete años mayor que yo y la diferencia de edad parecía abismal, por eso, él jamás me volteó a ver.

 

Mi amor platónico se juntaba con niños y niñas de su edad en la unidad habitacional donde fuimos vecinos por algunos años, donde aún viven sus papás y donde también está la casa de mi abuela. Por alguna razón que desconozco, Lobo y su familia se mudaron por unos siete años a la Agrícola Oriental y después, volvieron a la casa dónde lo conocí. Para entonces, ambos habíamos crecido, yo casi me convertía en adolescente y él estaba a punto de terminar la universidad. Se veía tan guapo, que no podía dejar de mirarlo cada vez que lo encontraba.

El amor platónico inicia en la niñez

Cuasndo fuimos niños / Imagen: Pixabay

Para mí, era una nueva oportunidad de que notara mi existencia. Era evidente que eso no iba a suceder. “A él no le gustan las niñas” mi madre me lo repetía cada vez que podía. Así que, sólo me conformé a mirarlo desde lejos: cuando lavaba su coche, cuando llegaba de trabajar, cuando echaba la chela con sus cuates, cuando salía a pasear al perro, cualquier momento era bueno para observarlo de manera inocente.

Pasaron cinco años en los que por nada del mundo cruzamos una sola palabra –no que yo recuerde- y mi única satisfacción se resumía al hormigueo que sentía en mi estomago cada vez que pasaba eventualmente por mi camino. Aunque nunca fue una obsesión, siempre guardé las esperanzas de que notara mi ordinaria existencia.

La última vez que lo vi

En esa época, yo vivía en otra unidad habitacional, por eso mi mamá y yo acostumbrábamos visitar casi a diario a mis abuelos. Ese día, Roberto llegó de trabajar, estacionó su coche, se dirigió a la cajuela, sacó sus cosas y se marchó a su casa. Lo recuerdo perfecto, traía unas botas de casquillo, pantalones de mezclilla y una camisa a cuadros roja.

Era ingeniero y tenía el trabajo soñado a sus 25 años. Laboraba para la empresa española Abengoa, encargada de dar mantenimiento a las vías del tren suburbano. Lo que yo no sabía era que esa sería la última vez que lo vería.

La ausencia del amor platónico que se fue

Absence, dibujo de Georgiana Chitac / Imagen: cortesía de Saatchi Art

No sé cuánto tiempo pasó, pero un lunes cualquiera como ya era la tradición estábamos con mi abuela. Mi tía, la menor, había salido a comprar algunas cosas, cuando volvió no podía ni hablar entre lagrimas y una impresión que le invadía el rostro. Lo primero que pensé era que la habían asaltado – mi abuela vive en Ecatepec- o que intentaron hacerle algo.

Sin embargo, cuando logró tranquilizarse nos dijo que se había encontrado con un grupo de jóvenes a la entrada de la unidad. Le preguntaron si sabía cuál era la casa de Roberto. Había fallecido el día anterior en un accidente y venían a darle el pésame a su familia.

¿Qué? Cuando escuché eso, fue como si me hubieran dejado caer un balde agua fría en la cabeza. ¡No mames, no! Seguro mi tía en sus nervios confundió a mi amor platónico con otra persona. Estuve un buen rato desconcertada, hasta que la madre de un gran amigo de Roberto nos confirmó la triste noticia. Rompí en llanto, no era para menos, me acababa de destrozar el corazón, sin siquiera haber sido mi novio. Nunca fuimos nada, pero yo me sentía como si lo hubiéramos sido toda la vida.

Se suspendió el servicio del tren Suburbano…

El domingo 8 de marzo de 2009 el servicio del moderno y sofisticado tren suburbano que conecta Cuautitlán Izcalli con la ahora llamada CDMX había sido suspendido. Los primeros reportes de la prensa apuntaban que un par de trabajadores que daban mantenimiento a las vías, habían fallecido. El tren los arrastró por más de 10 metros cerca de la estación Lechería.

Imagen del tren suburbano Ciudad de México Cuautitlán aparecida en el periódico El Universal

El tren suburbano, fuente de accidentes / Imagen: eluniversal.com.mx

Efectivamente, se trataba de mi amor platónico  y un compañero de trabajo. El percance fue tan violento que los servicios funerarios se tuvieron que realizar casi de inmediato. Todavía no me explico qué sucedió. Algunos rumores ponían en duda la versión de que había sido un accidente, y que por lo contrario se trataba de un homicidio.

La empresa estaba a punto de mandarlo a España y al parecer un compañero con más antigüedad peleaba ese puesto. Por esa razón el día del incidente este hombre habría lanzado a las vías a Lobo y a su compañero. Jamás supe si fue verdad, lo que si supe es que lo había perdido para siempre.

Cuando muerte tu amor platónico

Asistí a todas y cada una de las misas que hicieron en su memoria. A pesar de no ser una fiel católica, sentí la necesidad de hacerlo. Lo difícil era cuando sus papás ofrecían una cena luego de ir a la iglesia. Ese momento incomodo en el que su mamá bajo unas enormes ojeras contaba anécdotas como su fecha de cumpleaños o cuando le pidió a Rosita -otra vecina- que fuera su novia con una manta gigante que colgó afuera de su casa, mientras su papá bajo una enorme camiseta blanca que en algún momento fue de su talla, sólo asentía con la cabeza.  Hasta antes del accidente, nadie más que mi mamá sabía que yo tenía un crush con él. Pero para entonces ya no importaba quién lo supiera, Roberto ya no estaba.

Tuvieron que pasar muchos meses, tal vez años para que yo lo superara. Incluso después de eso tuve una gran crisis de depresión, mi tristeza era real. Ya son 7 años pero aún me sigo preguntado por qué le tuvo que pasar eso. La muerte no distingue entre personas buenas y malas, entre jóvenes y viejos, simplemente le corta el suministro de vida a quién considera le ha llegado el momento.

Lo único que me queda de aquel amor platónico -además del recuerdo- es una tarjeta que su mamá nos dio en el novenario. Por un lado, viene su fotografía en la que se ve sonriente y radiante, y por el otro una especie de dedicatoria o despedida de parte de su familia.

Los amores platónicos se casan, se ponen feos, engordan, se vuelven tontos, se van a vivir a otra ciudad pero nunca pierden la vida, o al menos eso era lo que yo creía.