Hay ojos que inquietan, otros que cohíben; hay ojos de raya, ojos-canicas que en cualquier momento podrían salirse de sus órbitas, ojos color lago de Chapultepec, ojos de susto, ojos que ríen, ojos de muñequita de porcelana, ojos sin chiste también. Los míos fuero unos ojos inquietos. Durante 24 años se movieron nerviosamente, intentaban mirar a un mismo punto, pero preferían bailar, aunque algunas veces les daba flojera y se quedaban en una misma posición: hacia adentro.

ojos a punto de ser rasgados
Recreación posmoderna de Un chien andalou / Imagen: cortesía de rebecapuebla.blogspot.mx

¿De qué manera vi a mi mamá, a mi papá, a mis hermanas y a mi hermano por primera vez?, ¿de qué manera me habrán visto ellos desde su vista sana?, ¿habrán pensado con qué ojo los estaba viendo?

¿Cómo se enfoca un mismo punto con los dos ojos a la vez?, ¿cómo sabes si un ojo trabaja y el otro no?, ¿cómo le haces para que en vez de distanciarse ocupen un centro?

Encuentro en un cuaderno amarillo y decorado como tapiz de cuarto de bebé lo que escribió mi madre con esa letra manuscrita que no logro descifrar aún: nombre, peso, fecha de nacimiento… “Mi bebé es muy bonita, le gusta comer, casi no llora y es muy bien portada, pero se le van sus ojitos”, escribe.

Mis ojos no siguen reglas

Mis ojos no siguieron reglas y los pusieron en cintura con tres operaciones. Recuerdo las citas con el oculista, un tal doctor Rabinovich. Él les sugerirá a mis papás que esperaran porque “la niña aún es muy pequeña para una tercera operación”. La niña, o sea yo, estaba en perfectas condiciones; no distinguía un ojo bueno de un ojo malo, yo miraba a mi manera y al parecer no me afectaba, al menos no durante mi infancia.

Durante mucho tiempo un retrato mío reposaba dentro de mi clóset, alguien lo pintó.  Salgo con un vestido azul, mi cuerpo es regordete, tengo el cabello corto y ondulado; sonrío, aunque mis ojos no se ven porque casualmente salgo de perfil. Quizá tenía un año o quizá dos. No recuerdo aquel momento, pero supongo. Supongo también que cuando abrí los ojos el mundo me sorprendió: había una gama de colores, formas, ruidos, personas, animales, árboles, hojas, pasto, paredes, sonajas, lámparas, mamás, papás. Entonces mis ojos se asustaron y quisieron correr: el derecho se fue para un lado, el izquierdo del lado contrario, hasta que finalmente, extenuados, se reunieron en un mismo punto. El mundo es grande, pequeño, maravilloso y cruel a la vez. Eso, los ojos lo sabrían al pasar los años.

Preguntas sin respuesta

Los lentes se quitan y se ponen como un telón de teatro que permite ver lo que sucede en él, pero que también permite esconder lo que hay tras bambalinas. Así, cuando uno llora y no quiere que la gente se dé cuenta y pregunte: ¿qué tienes?, ¿estás bien?, los lentes resultan ser los mejores cómplices. También lo son cuando se trata de esconder las arrugas, o las ojeras, o las bolsas que salen debajo de los ojos, detalles que con la edad se evidencian.

Cuando me operaron por tercera vez de los ojos tenía 24 años. De nuevo, como antes, usé un parche, pero esta vez sí sabía de lo que se trataba, pues de pequeña no lograba entender bien a bien qué tenían mis ojos. Estaba nerviosa de sólo imaginar el momento en el que me lo quitara, pensaba que todo iba a transformarse, comenzando por mi interior. Y llegó el tan esperando día, el telón se abrió: mi ojo izquierdo vio la luz, estaba temeroso; el panorama era claro, intentaba acoplarse a esos paisajes nítidos, le costaba trabajo actuar. ¿Cómo me desplazo?, le preguntaba al Derecho, ¿por qué siento que sigo igual que antes?, ¿debo mover la cabeza si muevo mi ojo a la izquierda o a la derecha? La doctora que me operó aquella tercera ocasión (el doctor Rabinovich yacía bajo tierra) me dejó un ejercicio: mirar mi dedo mientras lo movía hacia la derecha y hacia la izquierda. Era cuestión de acostumbrarme.

Me corté el cabello muy corto y prohibí aquellos flecos que tanto me estorbaban. Ese velo impuesto que durante años no se quiso mostrar fue eliminado de mi frente, de mis cejas, de mi vista; también los lentes de contacto. Volvería a usar lentes de armazón, el telón se abriría para mostrar mis dos pequeños ojos trabajando de la mano bajo la misma órbita, y también me permitiría ver, gracias al aumento de los cristales de mis lentes, lo que el astigmatismo impedía, pues en realidad mi operación fue meramente estética.

Tras mi nuevo peinado seguía siendo la misma, no me transformé como Cenicienta, ni como esas celebridades invadidas de botox, los miedos continuaron, los abismos también, me seguía ruborizando cuando hablaba en público, si yo les contara…  Lo único que cambió fue que me atreví a mirar al otro, a contemplar sus ojos desde mi mirada, sabiendo que de vez en cuando el Distraído, e incluso el Bueno, se iban a poner nerviosos mientras sostuvieran la mirada frente al otro (especialmente si era un hombre atractivo) e iban a moverse de su sitio. Toda la vida sería un enigma para mis ojos, acostumbrados como estaban, a vivir sin reglas y mirar de esa particular forma. Cuando se abrió ese otro telón les surgiría una pregunta que hasta la fecha sigue sin respuesta: ¿cómo es que la gente “normal” mira con los dos ojos y no con uno solo?