Yo fui misionera, es decir, fui de misión. ¿A poco no recuerdan la Biblia?: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio. ¿No entienden nada? Mejor le cuento. Al detalle:

Juventud y Familia Misionera
Juventud y Familia Misionera

Desde pequeña fui bautizada por la iglesia católica, mis padres nos llevabas a mis hermanas y a mí a misa uno que otro domingo, y asistí a clases de catecismo para hacer mi primera comunión, sin embargo, mi familia nunca fue muy religiosa, nos enseñaron lo básico de la religión católica, lo necesario para hacer una fiesta en nuestra primera comunión y otra más pequeña en nuestra confirmación, porque era lo correcto y lo necesario para cuando quisiéramos casarnos por la iglesia, y mi mamá siempre nos alentaba para rezar por las noches.

Conforme fuimos creciendo, las idas a misa se acabaron, así como las pláticas sobre Dios, aunque sé que mamá aún reza por las noches.

En ocasiones, cuando mi abuela venía de visita, la acompañábamos a misa, pero fuera eso, la vida religiosa no era algo importante en mi familia, ni lo es ahora.

De católica a misionera

En algún momento de mi adolescencia, cuando uno no sabe de dónde viene ni a dónde va, decidí internarme un poco en el mundo católico y empecé a asistir a misa de nuevo todos los domingos con la familia de mi amiga que siempre fue muy creyente.

Era el año 2010 y faltaba poco para semana santa, época del año que toda mi vida ha represado vacaciones y viajes con la familia, pero este año me esperaba algo diferente.

Una amiga mía tenía planeado ir de de misiones con su hermana, yo no sabía mucho de estas misiones, pero la idea de ir a un pueblo de bajos recursos a ayudar a la gente me gustaba bastante.

Juventud y Familia Misionera es una organización internacional del Movimiento Regnum Christi, formada por jóvenes y familias católicas, que busca colaborar con los Pastores de la Iglesia en la Nueva Evangelización de la sociedad a través de la acción misionera, siguiendo el mandato de Cristo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio» (Mc. 16, 15), de acuerdo con las exigencias de la justicia y de la caridad evangélicas.”

Juventud y familia misionera

Al final, los planes de la hermana de mi amiga cambiaron, y no podía ir al viaje de misiones, pero ya había pagado la cuota de aproximadamente 2500 que incluía transporte, un morral y una playera con el logotipo de las misiones, un paliacate, crucifijos metálicos, calcomanías con la leyenda Este hogar es católico, estampas de la Virgen de Guadalupe, rosarios de plástico, medallas de la Virgen de Guadalupe, un misal de semana santa y guías para rezar el Rosario, entre otras cosas.

Para ser misionera en México hacen falta productos de la Virgen de Guadalupe
Utilería de la virgen de Guadalupe: imprescindible para misioneras ( Imagen;

Mi amiga me invitó a ocupar el lugar de su hermana en las misiones, desde luego mi mamá se negó a pagar tal cantidad para dicha actividad, pues nunca ayudar al prójimo había sido tan caro, pero como la cuota ya estaba pagada, fui con mi amiga de todos modos.

Juventud y familia misionera proclama ser una organización sin fines de lucro, sin embargo, además de los costos por asistir a las misiones y por todo el material, innecesario para mi gusto, para los que quieran, la organización vende todo tipo de cosas, morales, playeras y sudaderas, termos, calcomanías para autos, libretas, llaveros, linternas, cd musicales, gorras, etc.

El 29 de marzo empezó la semana santa, y el día para ir de misionera llegó. Quedamos de vernos en un punto, con el resto de las misioneras del municipio, cientos de niñas de la clase social media alta de Metepec, Estado de México, reunidas, con sus playeras y morrales de Juventud Misionera y paliacates del color de acuerdo a su equipo, listas para pasar toda la semana predicando la palabra del Señor.

La misionera emprende el camino

Los equipos eran de entre 10 y 15 niñas, y a cada uno le tocaba un pueblo distinto, a nosotros nos tocó Guadalupe Tlapizalco, ubicado en el municipio de Zumpahuacán, Estado de México.

Misioneras en Tlapizaco
Misioneras en Tlapizaco

Al llegar a Tlapizaco, nos guiaron a la casa que sería nuestro hogar la próxima semana, la familia con la casa más grande del pueblo se ofreció a hospedar a 12 niñas, desde luego por ser misioneras, y tanto esa familia como el resto del pueblo nos veían y trataban como una especie de enviadas de Dios.

Esa noche cenamos con los anfitriones, me sorprendió bastante la abundancia de la cena, teniendo en cuenta los pocos recursos con los que contaban y la cantidad de predicadoras que éramos.

A la mañana siguiente las misiones comenzaron, nuestro trabajo era ir de casa en casa, leer un pasaje de la Biblia a los habitantes, platicar con ellos sobre sus mayores problemas y hablarles de la fe como sí ésta solucionase todo.

Lo más sorprendente era la emoción con la que todos nos recibían, la comida, que a pesar de ser poca, todo el pueblo quería ofrecernos, así se quedara sin comer toda la familia, preferían dárnosla a nosotros, y que cínica me sentía, predicando la palabra de un Dios al que nunca he seguido, leyendo textos de la Biblia, que jamás había leído, pretendiendo enseñar algo a cientos de personas, de las que aprendí mucho más que ellos de mí.

Los días pasaron y nosotros recorrimos hasta la última casa del pueblo, asistimos a cada misa y rezamos cada oración del rosario, cabe mencionar que nunca antes había rezado un rosario completo hasta entonces y tenía que seguir las palabras de la gente, esa gente que creía en nosotras más que en ellos mismos.

La misionera se enferma y se rinde

Los últimos días de la semana me enfermé terriblemente del estómago, después de todo mi cuerpo no pudo con tanta comida que, casa por casa, nos dieron todo lo que tenían, por lo que no tuve que perderme la marcha del Vía Crucis, el cual, honestamente, no moría por ver.

De misiones
De misiones

Finalmente, la semana terminó, una infección estomacal estaba acabando conmigo y no tenía como comunicarme con mis papás, tenía que concluir el viaje que había iniciado. Agradecimos a la familia que nos abrió las puertas de sus casas, así como al resto del pueblo que nos ofreció todo lo que tenía sin regresar nada a cambio más que palabras, y emprendimos nuestro viaje a la Universidad Anáhuac, donde los misioneros de todo el país se juntaron a escuchar la última misa de la semana santa, o desde mi punto de mi vista, a echar desmadre con un pretexto religioso.

Al final del viaje no sé qué fue más perturbador, si pasar una noche en una iglesia, rodeada de santos e imágenes sangrientas de Cristo o haber pasado una semana entera en un pueblo tan pobre y no haber brindado ni ayuda ni alimentos, al contrario, solo quitamos.

Sin embargo, algo aprendí y mucho me llevé de este viaje, pues toda la gente que conocí en Tlapizaco, a pesar de ser mucho menos afortunados que nosotros, me enseñaron que se puede ser feliz sin mucho y que la fe, sea cual sea nuestra religión, tal vez no mueva montañas, pero si mueve corazones y motiva a millones de personas a seguir adelante.