El espacio es pequeño. Apenas 1.20 metros de fondo por 1.10 de ancho. Es un cubo de acero adornado con paredes de espejo y blancas lámparas fluorescentes. Cuando se cruza la puerta el aire acondicionado golpea y un aroma parecido al de la naranja se impregna en la nariz. Es el perfume de Maricela Sánchez quien pasa más de ocho horas al día sentada en un banco de metal con patas largas del que cuelgan sus pies. Tiene las uñas decoradas con la figura de un par de margaritas, sus dedos son delgados y largos, sus manos son suaves y huelen a coco. Responde amable cuando alguien le da las buenas tardes y aunque eso casi no pasa, sonríe seguido mientras oprime los botones de uno de los elevadores de la Torre Latinoamericana de la Ciudad de México. Maricela es elevadorista.

Maricela comenzó a trabajar en el elevador de la Torre Latino en 2014. Antes trabaja para una empresa de seguridad privada, después trabajo como personal de limpieza de la misma torre y aunque ese trabajo le daba más tiempo libre, hoy gana casi el doble. Por eso intenta disfrutar del subir y bajar ─según sus cuentas─ a más de mil 500 personas por día a los 44 pisos de la Latino.

cronica elevadorista CDMX
Maricela Sánchez / Foto: Miguel J. Crespo

“Si vas al mirador se sube al piso 37. Si la visita es a uno de los dos museos se sube a los pisos 34 o 36. Y si vas al restaurante te bajas en el piso 37 y te subes al otro elevador para que te lleve al piso 41; ahí está el Miralto.”

Maricela dice lo anterior mientras baja el volumen de su grabadora. Suena una canción de Arjona. ¿Le gusta Arjona?, le pregunto y ella alza un hombro mientras mastica chicle, como si le diera igual.

“A mí la música me encanta. Escucho de todo para no aburrirme, pero si me preguntas qué me gusta, lo mío, lo mío es la trova.”

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Maricela Sánchez / Foto: Miguel J. Crespo

Elevadorista en la CDMX: los sismos, los políticos

El arquitecto romano Marco Vitruvio escribió que Arquímedes construyó el primer elevador en el año 236 a.C. Constaba de una cabina sostenida con cuerdas de cáñamo que eran jaladas por burros a través de una polea. Para accionar el invento de Arquímedes a Maricela le basta  con poner una de sus uñas, siempre decoradas, sobre el número del piso al que quiera subir.

La Torre Latinoamericana fue diseñada por el arquitecto mexicano Augusto H. Álvarez en 1948. Fue el primer edificio de la ciudad en tener la fachada de cristal; en sus inicios contaba con los elevadores más rápidos y era el único rascacielos construido en una zona sísmica. Ha resistido a dos sismos: el de 1957, de 7.7 grados Richter, y el de 1985 de 8.1 grados.

A Maricela no le tocó ninguno de los dos sismos. Y, aunque no la asustan, recuerda que la única vez que sintió miedo: fue cuando se quedó encerrada por más de una hora.

“Después de un rato comenzó a faltar el aire y yo tenía que tranquilizar a las personas.”

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Maricela Sánchez / Foto: Miguel J. Crespo

Cuando Maricela platica cruza las manos sutilmente; se gira del banquito; sube y baja su tono de voz para interpretar las historias que pasan dentro de los cuatro metros cuadrados en los que trabaja.

“Un día baje del piso 37 a Felipe Calderón. Vestía una guayabera blanca y un sombrero de palma. Lo acompañaba su esposa y en todo el transcurso no dijo una palabra, ni los buenos días me dio. En ese tiempo ya no era presidente, pero me dieron ganas de gritarle: ¡Pendejo! ¡Hijo de chacala!, como también le digo a Enrique Peña Nieto.

Maricela ríe y se cubre la boca de manera traviesa mientras subimos por octava vez hacía el piso 37. He perdido la cuenta de cuántas veces hemos subido y bajado. Mis oídos están tapados.

─¿Y al subir y bajar, sus oídos no se tapan?

─Por eso traigo el chicle.

La Trompa de Eustaquio mide de tres a cuatro centímetros de largo y cuando se ve a través de un otoscopio parece un tubo delgado de carne tapizado por una capa de mocos sin color. Está en nuestro oído interno conectada con la faringe. Por medio de ella, el aire entra y sale regulando la presión del aire dentro del oído con la del exterior.

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Maricela Sánchez / Foto: Miguel J. Crespo

Cuando nuestros oídos se tapan al viajar en auto, sumergirse en el agua, o al subir y bajar dentro de un ascensor el aire del exterior está a mayor presión, por lo que la trompa hace como una puerta y se cierra para intentar igualar la presión.

Para abrir la Trompa de Eustaquio se puede bostezar, tragar saliva o masticar un chicle sutilmente, como lo hace Maricela.

El Señor de los Cielos

—Una de las ventajas de mi trabajo es encontrarse a famosos que salen en la televisión, dice.

—¿Qué personaje es el que más recuerda?

—Recuerdo el día en que el elevador abrió sus puertas y entró Rafael Amaya, el Señor de los Cielos. Yo lo había visto en televisión, pero el día que lo conocí… ¡Ay no!.. ¡Qué te digo?.. ¡Está!..

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Maricela Sánchez / Foto: Miguel J. Crespo

—¿Por qué lo recuerda?

—Aunque es un poco chocante, sus dientes son blanquísimos –Maricela se emociona, se encorva para mirarme la cara y se toca la cien con el dedo índice de la mano derecha.

—Su sonrisa la traigo aquí metida desde ese día.

La mujer que no morirá de un infarto en la CDMX

Maricela también ha llorado dentro del elevador.

“Cuando el señor subió sin su brazalete para entrar al mirador, le advertí que no lo dejarían entrar, que tenía que comprarlo en la planta baja. Entonces me miró y dijo: “Recuerda que aquí sólo eres una gata abre puertas”. La verdad me dolió mucho y me dio coraje.”

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Maricela Sánchez / Foto: Miguel J. Crespo

Maricela hace una pausa y pide perdón. Su voz está cortada. Le digo que no hay problema, que siga. La gente que viaja en el elevador la mira sin decir nada. Llegamos a la planta baja y todos abandonan el elevador. Otro recuerdo llega a Maricela: el día que un médico subió al elevador y ella supo de qué no iba a morir.

—¿Sabe lo que le está haciendo a su corazón? ─le dijo el médico a Maricela.

—No -contestó asustada.

—Pues fíjese que la presión que genera el subir y bajar dentro de esto es como si usted hiciera pesas. De un infarto no se va a morir.

Maricela se quedó tranquila al saber. Todos los miércoles, cuando descansa y no es elevadorista por 24 horas, decora sus uñas y el único infarto que le preocupa es el que le provocaría volver a ver al Señor de los Cielos.

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Maricela Sánchez / Foto: Miguel J. Crespo