La noche es tranquila y con un buen clima típico de la Ciudad de México. El sonido contagioso de la música ochentera proviene de una bodega grande con reja negra. La gente espera a entrar a el antro de la música que nunca muere: el Patrick Miller.

Dance off en el Patrick Miller

Dance off en el Patrick Miller

Hay personas jóvenes y adultas. Algunos están vestidos muy ostentosos, pero casi todos traen ropa sencilla, jeans, playeras y tenis. Esa es la clave para venir a este lugar, hay que estar cómodos. En otra clase de antros, una mujer con zapatos de tacón es lo más normal, pero en el Patrick hacer eso es algo de lo que te puedes arrepentir.

Ubicado en Mérida 17, en la Colonia Roma, desde hace 20 años, el Patrick Miller es un lugar en donde uno puede demostrar que la música lo puede todo, reúne gente de todas las edades y clases. Por tan sólo 30 pesos puedes disfrutar de lo mejor del high energy.

La historia de este lugar nocturno comenzó en 1983, cuando el DJ Roberto Devesa, mejor conocido por su nombre artístico Patrick Miller, hacía mezclas con éxitos de esa afamada, lejana, pero muy extrañada época. El lugar original en donde la gente escuchó por primera vez sus contagiosas combinaciones musicales fue en el Club de Periodistas de México, en la calle Filomeno Mata, ubicado al centro de la ciudad.

La bodega, abre sólo los viernes y es un lugar muy particular, la entrada es por un pequeño túnel, lleno de grafitis y luces de neón, que hacen que uno entre en la psicodelia.

Al accesar al establecimiento hay una pista enorme y al el fondo, una gran pantalla donde se reproducen los vídeos de la música que pone el DJ. No hay mesas ni sillas, eso quitaría el espacio, aquí no te puedes sentar, lo único importante es bailar.

El primero en abrir la pista es un señor, probablemente de unos 50 años, suena la canción Funkytown del grupo estadounidense Lipps Inc.

“La ventaja del Patrick Miller, es que no importa que no sepas bailar, mientras más ridículo te veas es mejor” dice un joven.

Lo único para beber es cerveza y agua, y para comprarlos tienes que ir primero a la caja, en donde cambias tu dinero por  fichas parecidas a las de póker, blancas con azul, después vas a la “barra” y pides tú bebida.

Inicia la fiesta

A las 12:30 de la noche las luces se apagan y una voz modifica con autotune  retumba en todo el lugar diciendo sólo dos palabras “Patrick Miller” y  así es como la música  high energy comienza. Los jóvenes y los viejos se vuelven uno con el ritmo y con pasos de baile que jamás harían en cualquier otro lugar.

Por casi toda la pista hay dance off  o “retas”. La gente hace un círculo y dos personas pasan al centro. La regla: bailar de forma más excéntrica, el que lo haga así, ganará la admiración del público.

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Al centro de una “reta” una enfermera, con cofia y bata pasa al centro, su oponente es hombre de baja estatura, vestido completamente de negro. Ella inicia a bailar, en cada paso se ve que va dejando atrás la timidez y seriedad, probablemente muchos de sus pacientes y hasta colegas, no la reconocerían.

Es el turno del hombre, primero hace algunas vueltas bien coordinadas, para después hacer un baile completamente extraordinario y rematar con un poco de break dance, la enfermera aplaude mientras sonríe y se retira, probablemente con el pensamiento de que la próxima semana ella será la que haga la mejor coreografía.

No faltan los típicos jóvenes que empujan a una de sus amigas al centro de la pista, pero aquí no hay nada que perder, cualquier forma de baile siempre será bien recibida.

La música sigue a todo lo queda y el lugar cada vez está más lleno. Comienza una canción con ese característico beat ochentero, es Blue Monday una de las canciones más famosas del grupo New Order.

“Es lo que me gusta de Patrcik, que ponen música que no ponen en todos lados”, dice una chica, mientras baila con su amigo, ambos tienen una gran falta de coordinación, pero no importa, es el Patrick.

La noche cada vez se acerca a su fin y la pista está a reventar, un grupo de jóvenes sale, aunque estén en la banqueta el ruido de la música sigue y ellos continúan bailando. Afuera todo es tranquilo, como si el Patrick Miller fuera una dimensión lejana que te lleva a la década de los 80 a tan solo paso.