La escena es un árbol en medio de la nada, se escucha sólo el viento. El sol brilla, pese a ello no hay una sensación de calidez. Las hojas del árbol se desprenden, no hay quién las cache ni a quién le caigan en la cabeza amistosamente. Esas hojas quedan inertes sobre el piso seco. Es el desamparo.

Mirando desde adentro, desde esa otra forma de internarse en uno, el desamparo ha estado presente en mi vida desde los once años, justo en el momento en el que mi papá se fue al hospital y nunca lo volví a ver. No hubo despedida, sólo la noticia de que “se había ido al cielo”, cuestión que a mis once años me parecía extraña, pues pensaba que en realidad, mi padre estaba por ahí, paseándose en la calle. Así que al ser un poco más grande, tenía la idea de que esos señores con bigotes que se parecían a mi papá en realidad eran él. ¿Por qué no regresas?, pensaba.

A partir de entonces el desamparo ocupó un espacio en mi almohada, en mis cuadernos, en la ansiedad, en mi insomnio, en el terror de quedarme sin dinero y no poder pagar la renta, en no tener qué comer, en mis trabajos intemitentes, en el miedo de caer enferma, en la levedad de los domingos a las seis de la tarde cuando estoy sola y no hay otro eco, en la creencia de que mis parejas al despedirse de mí una noche, no regresarán al día siguiente.

Mis brazos se extienden como las ramas de la maceta que descansa sobre mi balcón y que se esmeran en estirarse buscando la luz del sol. Yo soy el árbol que busca calor y que a veces no lo encuentra. A veces me tocan lluvias que me ahogan y no me dejan salir a la superfice, otras veces, un frío que cala los huesos y otras más, un desierto infinito. Cuando murió mi papá no reaccioné inmediatamente al desamparo, fue tiempo después cuando sentí un hueco y cuando mis ojos produjeron lágrimas.

De niña yo no era un árbol, sólo me subía a ellos. Quizá era una nube regordeta que se movía al compás del viento, una nube que adquiría diversas formas según su humor. Sin embargo, un día a la nube le tocó lluvia en exceso y terminó desintegrándose. Las gotas cayeron sobre un árbol que descansaba en medio de la nada. No había una sensación de calidez, pese a que el sol brillaba, lo único que se escuchaba eran las palabras que formaba el viento. Desamparo, una de ellas.

¿Quién no lo ha sentido alguna vez en su vida?