Aún no era tiempo de hablar de cesárea. O igual si: ya habían pasado 37 largas semanas desde la última vez que me visitó el famoso y simpático Andrés el que viene cada mes. Yo prefiero llamarlo José Flowers o Pepe Flores, da igual. En esos meses, dos corazones latían dentro mí. Si, literal, tenía un bebé en mi vientre. Esas noches sin poder dormir, esos días en los que sólo pensaba en comer y comer hasta reventar, en llorar y enojarme por todo y por nada estaban a punto de terminar.

Durante mi embarazo, no paré de escuchar un montón de historias acerca del parto. En su mayoría, todas las señoras me daban consejos -sin que yo se los pidiera- sobre lo genial que era dar a luz de manera natural. Con el mismo ímpetu, describían la cesárea como lo peor del mundo, que si la recuperación es más lenta, lo malo que podía ser para el bebé y, sobre todo, la horrorosa cicatriz que queda de por vida. A los 22 años nadie quiere marcas en el abdomen.

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Siete semanas de embarazo/El Mexiqueño

Era más que obvio, yo quería hacerlo a la antigüita, un parto natural y sin anestesia. Es lo que las madres experimentadas asumen como acto de valentía, por lo tanto genera admiración y respeto por parte de las otras mujeres, cosa que no sucede con el llamado parto obstétrico o cesárea en lenguaje llano. Para entonces, mi prioridad era regresar cuando antes a la escuela y esa era la única manera –según yo- de hacerlo. Así que, asumí el papel de mujer valiente y me mentalicé para que así fuera.

Vivir para contarlo

Ese lunes por la mañana, mi doctor me dio cita para realizarme un estudio. Sin más, me bañe, me puse mi camiseta de Su Majestad Imperial: Silverio –la había comprado un par de meses antes en los XV del Vive Latino– y me fui a la clínica. Algo me decía que ese sería mi último día con esa gran panza. Me sentía feliz pero también me invadía el pavor de enfrentarme a lo desconocido. Aunado a eso, tenía que controlar mi temor a los hospitales y las inyecciones, necesarias en caso de cesárea.

Cuando llegué, el doctor y su enfermera estrella ya me esperaban con un aparato para medir los latidos del corazón de Romina. Mientras tanto, mis papás, mi suegra y mi cuñada estaban ansiosos en la sala de espera. Yo tenía una gran inquietud sobre lo que estaba a punto de suceder, sin embargo, no me atreví a decirlo. En lo único que pensaba era en terminar con la labor de parto lo antes posible, pero nada fue como lo planeé.

Luego de siete largas horas, ya con suero y con medicamentos que están hechos para inducir el parto, mi cuerpo no daba una sola señal de querer dilatar. Sin preguntar, el médico dio la orden para que me pasaran a cirugía. Se me habían terminado las oportunidades para parir. Todo el proceso iniciaría en cuanto llegara el pediatra y el anestesiólogo. No tenía otra alternativa, ya estaba ahí y mis manos sudorosas eran las únicas que delataban mi temor.

Mientras tanto, mis familiares al igual que yo también contenían su resquemor y solo se limitaban a tomar fotografías del acontecimiento. Todos sonreíamos de manera nerviosa y decíamos cualquier cantidad de tonterías para desviar la tensión de ese instante que parecía una ser eternidad, mientras esperábamos, afuera llovía de tal manera que parecía día de San Juan en pleno agosto.

Crónica de una cesárea anunciada

Llegaron el pediatra y el anestesista directo a la sala de cirugías. Un par de minutos después me indicaron que ya era hora. Antes de entrar al místico y desconocido quirófano me dieron mil bendiciones. En cuanto entré, noté que era un lugar pequeño, pintado de blanco y con el equipo médico listo para la intervención. ¿Es neta? No podía dejar de sudar y temblar. Había pasado tanto tiempo embarazada que pensé que nunca llegaría ese día.

El día que me dieron de alta/El Mexiqueño

Adentro, no dejé de cuestionar al pobre anestesiólogo ¿Aquí será la operación? ¿Cuántos años tienes de experiencia? ¿En dónde estudiaste? Se trataba de un médico militar al que la paciencia se le estaba agotando. Luego de mi visceral bombardeo de preguntas me dio indicaciones para ponerme la epidural. Ok. Iba ser cesárea.

Me dio toda la explicación del procedimiento –a la que obviamente no le puse atención por todo el estrés que traía conmigo- y, acto seguido, me recostó de lado izquierdo y me la puso. Justo recordé todas esas historias fatalistas que me habían contado, mujeres paraliticas, daños en las vértebras, exceso de anestesia y a las que mejor les iba, cada vez que hacía frío les dolía la espalda baja ¡En la madre! Si, justo en eso me iba a convertir, en madre.

Love, love, love…

Estaba lista mirando al cielorraso, tenía puesto el oxígeno, el suero, la epidural y Otto estaba listo para inmortalizar el acontecimiento con su iPhone. Mi doctor estaba preparado para iniciar el proceso, de pronto se escuchó música que provenía de un iPod dentro de la sala. Al mismo tiempo, los médicos tenían una charla un tanto extraña sobre Acapulco o cuáles eran las mejores tortas. No lo sé, su plática era confusa y muy casual a la vez.

Comencé a percibir como un picoteo intenso en el vientre, enseguida sentí que movían mi cuerpo de un lado a otro, como si se tratará de una necropsia. Inmediatamente después se escucharon los primeros acordes de Love –la rola de Zoé que nos hizo feliz en la adolescencia a más de tres- pasaron unos segundos y Romina ya estaba aquí. Sus chillidos retumbaron en la pequeña sala de operaciones.

La bebé no dejaba de llorar y de repente algo salpico de sangre todo lo que estaba a mi alrededor y pensé lo peor. Afortunadamente, se trataba del corte del cordón umbilical. En ese instante todos se quedaron en silencio, nadie me confirmaba si estaba bien y si efectivamente había sido una niña, pues todas las señoras expertas en embarazos y cuerpos me decían que la ecografía se equivocaba, que tendría un niño.

Luego de suturarme y quitarme todos los aparatos que tenía encima era momento de regresar a mi cama para recuperarme. En el camino a la habitación pude constatar con mis propios ojos que si había tenido una niña, sana y con todas sus extremidades. Este pequeño capítulo se llama: Conociendo al amor de mi vida.

Conociendo al amor de mi vida/El Mexiqueño
Conociendo al amor de mi vida/El Mexiqueño