¿Qué pasa cuando tus padres quieren que aprecies las oportunidades de superarte…haciendo chetos? Bueno los míos decidieron que trabajar en una fábrica era lo ideal, pero no cualquier fábrica, una cerca de casita, una pequeña, una artesanal donde se hacían chetos. Un letrero enorme nos sentenció “Botanas (omitiremos el nombre) solicita gente” Requisitos: solo las ganas de trabajar.

Y así fue, entré a trabajar a esa fábrica de botanas. Cien pesos por día, seis días a la semana, pero el domingo todos descansaban.

fábrica de chetos

En un fábrica todo va demasiado rápido. Foto: Tiempos Modernos

El material nuevo, como yo, hacía colchón, es decir, empaquetar bolsas de botanas, cuadros, chetos de queso, rueda, donita, palito; de sal y de limón, en una bolsa de plástico transparente y hacer todo lo posible para que no se exploten. Como todos saben, las bolsas tienen más del 50 por ciento de aire.

25 bolsas de chetos conforman un colchón. Los dueños no se miden al exigir: eres joven,  trabajadora, eres explotable. Así como los demás, todos cargaban kilos y kilos de chetos, subir y bajar, correr, brincar, todo. Hasta el límite de la extenuación.

Pero en realidad el colchón es la parte final que recorren las botanas. A continuación, te narro la larga aventura de los chetos para llegar a tu paladar (si es que aún te queden ganas).

Freír las botanas ¿con el mismo aceite?

La fábrica contaba con alrededor de 30 personas. Sólo uno se encargaba de freír los distintos chetos. Siempre estaba en un cuarto en un rincón, separado de todos. Solo se veía que entraba y salía con bolsas y bolsas de pastas para chicharrones.

Chetos con aceite reutilizado mil veces.

Aceite tóxico, fritanga insalubre / Imagen: cortesía de

El cuarto es sumamente caliente. Dicen que se baja de peso rápidamente en ese lugar.

Después los chetos se ponían en bolsas negras que iban una y otra vez al freidor. Rara vez se veía una bolsa limpia.

Estos pasan a otro hombre quien los enchilaba y les daba sabor. Este trabajo es peligroso por las quemaduras que los chicharrones calientes provocan en el brazo y las manos. Si te quieres proteger de esto, debes comprarte guantes o algo para protegerse.

¿Higiene, qué es eso?

Así como podías recoger basura, podías embolsar los chetos. Si la dueña, o la jefa, veía que el área de trabajo estaba sucia te ponía a barrer pero si le urgía que terminaras de embolsar o enchilar el cheto entonces sin oportunidad de irte a lavarse la manos, regresabas a tu trabajo.

Cuando se preparan las botanas todo va demasiado rápido. Tienen el tiempo contado. Una enorme olla que da vueltas todo el tiempo se encarga de combinarlos. Sin embargo, para que todos los chetos queden enchilados es necesario meter la mano y revolverlos, como si nuestra mano fuera una enorme cuchara.

Y una tenía la mano sucia todo el tiempo. Luego, ya que están preparados, se ponen en otras bolsas negras, hay una bolsa para cada tipo de botana, misma que es ocupada una y otra vez. Sinceramente, no vi en qué momentos las cambiaban, en lugar de eso las guardaban y las usaban todo el rato. Quizá hasta que la bolsa ya no aguantaba y se rompía.

Si tenías gripa, no te daban un tapabocas a menos que de tus ingresos saliera uno y lo llevaras tú misma. Lo peor es cuando te daba un ataque de estornudos y no podías parar. Se los dejo a su  imaginación.

El olor a chetos llega a causar náuseas

La fábrica huele todo el día a aceite caliente, aceite rancio y de vez en cuando a mantequilla. También a plástico quemado y a partir de las 3 de la tarde a marihuana. Después de dos días, ya ni dan ganas de comer los malditos chetos.

La fábrica empezaba a trabajar a partir de las 6 de la mañana, los pedidos se los llevaban cerca de las 8 y media y había que tener todo listo para no hacer esperar al cliente.

Chetos u otros productos de botana

Pasta para hacer chicharrones de rueda / Imagen: cortesía de dishmaps.com

La freidora se prendía a las 7 para que se calentara aproximadamente una hora. Luego, la máquina para embolsar los chetos estaba prendida desde las 6 am. Todo esto se hacía con absoluta rapidez.

Diez horas de pie, no había donde sentarse, no podías descansar. Si te ve la dueña te grita, quiere más bolsas, lo que haces tú es la mitad de que haría ella. No platiques, no te rías, ella te escucha aunque esté lejos.

Ante su disfrazada disciplina se le escapaba un detalle. Los hombres que ayudaban en la fábrica para aguantar las horas de trabajo y lo pesado que era, se daban una pequeña ayudadita: fumaban hierba “a escondidas”. Sin embargo el olor inundaba el ambiente y era difícil que no se dieran cuenta pero nunca les llamó la atención.

El costo del arduo trabajo

El sueldo alcanzaba a cubrir a penas las necesidades básicas, como el pasaje y algo de comer. 100 pesos por día. Todo un día de trabajo equivalía a diez horas de pie haciendo chetos. Si terminabas a tiempo, entonces te tocaba el aseo y te podías ir “temprano”.

Sólo se descansaba los domingos y te pagaban los sábados.

Al final de la semana recibías alrededor de 600 pesos, si te quedabas más tiempo entonces había un tipo de caja de ahorro a donde se iban tus horas extras. Si te llevabas bien con el jefe, y me refiero a que seas una barbera entonces podías irte temprano y faltar cuando quisieras.

Te dan una hora para comer, sin embargo el lugar no cuenta con cafetería ni algo que se le parezca en lo más mínimo. Solo un horno microondas en las oficinas donde se vendía el producto. Había que salir a la calle, que por cierto, era un callejón, buscar un lugar en la banqueta y comer.

chetos

Mi triste historia

Cuando yo entré a trabajar era diciembre, las ventas estaban tan aceleradas como el frío, así que había que comer en la intemperie mientras los carros entraban y salían todo el tiempo.

Lo bueno dentro del infierno

Sólo me quedó una satisfacción dentro de este lugar: baje de pesoNo recuerdo cuánto pesaba antes ni después, sin embargo los pantalones me dieron esta increíble noticia: hubo que ajustarlos. Ya no había necesidad de sumir la pancita porque ya no estaba.

Esto me duró poco, pues después de estar de mantenida un mes y comer como Dios manda, recuperé el peso que había perdido. Pero al menos dejé el infierno de la explotación laboral. Y no morí entre toneladas de chetos insalubres.


Also published on Medium.